sábado, 11 de noviembre de 2017

ORACIÓN A SANTA TERESA DE JESÚS
Santa Madre Teresa: venimos a encontrarnos contigo       en tu convento de Alba de Tormes, donde singularmente experimentamos tu presencia viva. Tú encarnaste la vida que anhelamos, la de Dios, la del espíritu. A ti Dios te entró hasta el alma; nosotros lo vislumbramos por la fe. 
   Se pacifican nuestros corazones con tus palabras:  
<<Nada te turbe, nada te espante.  
Todo se pasa. Dios no se muda.
 La paciencia todo lo alcanza.
Quien a Dios tiene nada le falta. 
Solo Dios basta>>.

      Gracias, Madre Teresa, nos consuela permanecer
junto a ti, pues enciendes en nuestras vidas nuevo fuego
para servir al Señor y a los hermanos. Tu compañía y tu
palabra iluminan las dificultades del camino y nos llenan
de esperanza.
     Intercede por nosotros ante Dios, nuestro Padre y su
hijo Jesucristo. Amén




PRIMER JUBILEO TERESIANO
ALBA DE TORMES–DIÓCESIS DE SALAMANCA
2017 - 15 de octubre - 2018

Domingo de la Semana 32 del Tiempo Ordinario. Ciclo A – 19 de noviembre de 2017 «Velad, porque no sabéis ni el día ni la hora»



Lectura del libro de la Sabiduría (6, 12-16): Encuentran la sabiduría los que la buscan.

La sabiduría es radiante e inmarcesible, la ven fácilmente los que la aman, y la encuentran los que la buscan; ella misma se da a conocer a los que la desean. Quien madruga por ella no se cansa: la encuentra sentada a la puerta.
Meditar en ella es prudencia consumada, el que vela por ella pronto se ve libre de preocupaciones; ella misma va de un lado a otro buscando a los que la merecen; los aborda benigna por los caminos y les sale al paso en cada pensamiento.

Salmo 62,2.3-4.5-6.7-8: Mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios mío. R./

Oh Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo, //  mi alma está sedienta de ti; // mi carne tiene ansia de ti, // como tierra reseca, agostada, sin agua. R./

¡Cómo te contemplaba en el santuario // viendo tu fuerza y tu gloria! // Tu gracia vale más que la vida, // te alabarán mis labios. R./

Toda mi vida te bendeciré // y alzaré las manos invocándote. // Me saciaré como de enjundia y de manteca, // y mis labios te alabarán jubilosos. R./

En el lecho me acuerdo de ti // y velando medito en ti, // porque fuiste mi auxilio, // y a la sombra de tus alas canto con júbilo. R./

Lectura de la Primera carta del apóstol San Pablo a los Tesalonicenses (4,13 –17): A los que han muerto Dios por medio de Jesús, los llevará con él.

Hermanos, no queremos que ignoréis la suerte de los difuntos pa­ra que no os aflijáis como los hombres sin esperanza. Pues si creemos que Jesús ha muerto y resucitado, del mismo mo­do, a los que han muerto, Dios, por medio de Jesús, los llevará con él.
Esto es lo que os decimos como palabra del Señor: Nosotros, los que vivimos y quedamos para cuando venga el Se­ñor, no aventajaremos a los difuntos. Pues él mismo, el Señor, cuando se dé la orden, a la voz del arcán­gel y al son de la trompeta divina, descenderá del cielo, y los muertos en Cristo resucitarán en primer lugar. Después nosotros, los que aún vivimos, seremos arrebatados con ellos en la nube, al encuentro del Señor, en el aire. Y así estaremos siempre con el Señor. Consolaos, pues, mutuamente con estas palabras.

Lectura del Santo Evangelio según San Mateo (25,1-13): ¡Que llega el esposo, salid a recibirlo!

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: El Reino de los Cielos se parecerá a diez doncellas que tomaron sus lámparas y salieron a esperar al esposo. Cinco de ellas eran necias y cinco eran sensatas. Las necias, al tomar las lámparas, se dejaron el aceite; en cambio, las sensatas se llevaron alcuzas de aceite con las lámparas.
El esposo tardaba, les entró sueño a todas y se durmieron. A medianoche se oyó una voz: «¡Que llega el esposo, salid a recibirlo!» Entonces se despertaron todas aquellas doncellas y se pusieron a preparar sus lámparas. Y las necias dijeron a las sensatas: «Dadnos un poco de vuestro aceite, que se nos apagan las lámparas». Pero las sensatas contestaron: «Por si acaso no hay bastante para vosotras y nosotras, mejor es que vayáis a la tienda y os lo compréis».
Mientras iban a comprarlo llegó el esposo, y las que estaban preparadas entraron con él al banquete de bodas y se cerró la puerta. Más tarde llegaron también las otras doncellas, diciendo: «Señor, señor, ábrenos». Pero él respondió: «Os lo aseguro: no os conozco».
Por tanto, velad, porque no sabéis el día ni la hora.


& Pautas para la reflexión personal  

z El vínculo entre las lecturas

Cinco mujeres sensatas y cinco imprudentes son las protagonistas de esta parábola en la cual Jesús  nos enseña lo qué realmente es importante para el encuentro definitivo con el Señor. La Primera Lectura hace un bello elogio de la sabiduría y subraya que «fácilmente  se deja ver a los que la aman».No está, por tanto, lejos de nosotros, basta poner de nuestra parte un pequeño esfuerzo y ella estará allí sentada en nuestra puerta esperándonos. La verdadera sabiduría proviene de Dios; Él es quien da al hombre «un corazón capaz de discernir el bien y el mal» (1Re 3,9).

El Evangelio también nos habla de la sabiduría de las vírgenes bien preparadas para la llegada del esposo. Se compara el Reino de los Cielos a un banquete nupcial, y se subraya la necesidad de estar preparados porque no sabemos cuándo llegará el esposo esperado. ¿Las vírgenes por qué son sabias y prudentes? Ellas han tenido juicio para prepararse adecuadamente, llevando consigo una buena cantidad de aceite para poder mantener encendidas sus lámparas. Las otras vírgenes son necias[1] porque se lanzaron impulsivamente y no advirtieron que el esposo podía tardar; no se dieron cuenta que el tiempo podía hacer mella sobre sus ilusiones y esperanzas, y así, advirtieron con espanto que cuando ya se oye la voz del esposo, no tienen suficiente aceite en su alcuza. Esperaron toda la noche en vano porque la puerta del banquete nupcial se les cerró.

San Pablo en su carta a los Tesalonicenses nos habla de la importancia de mantener encendida la fe, e interpela a aquellos que viven abatidos y desanimados por falta de horizonte en sus vidas. Todos aquellos que creen en Cristo y pertenecen a Cristo,estarán siempre con el Señor. Por esta razón, el cristiano debe saberse peregrino esperando con «la lámpara encendida» el encuentro definitivo con el Señor de la Vida.

J «Fácilmente se deja ver a los que la aman»

A mediados del siglo I a.C. probablemente  ya bajo el dominio romano, la numerosa colonia judía de Alejandría, ciudad egipcia de cultura griega, había llegado a ser muy importante. Fue fundada por el mismo Alejandro Magno al conceder a los israelitas los mismos derechos que los griegos. A los que voluntariamente se establecieron en la ciudad se añadieron los prisioneros judíos que Ptolomeo I (325 -305) trajo a Egipto después de conquistar Jerusalén. Lejos quedaban ahora los años de la confrontación entre los dos mundos: el helenismo y el judaísmo. Esta nueva situación planteaba el desafío de presentar la revelación a un público de distinta cultura, pero ávido por conocer la verdad. En este contexto se escribió, en griego, el libro de la Sabiduría abordando tres temas fundamentales: la inmortalidad, la verdadera sabiduría y la acción de Dios en la historia de Israel.

La sabiduría resplandece sin marchitarse y sin perder su virtud iluminadora, de modo que señala al hombre, en todo momento y en todas las circunstancias de su vida, el camino que tiene que seguir para asegurarse la incorrupción que conduce al reino inmortal (ver Sb 6, 18-20). El camino para hallarla es sencillamente el amor, el cual induce a la inteligencia a procurarse el conocimiento de sus dictámenes e impulsa a su voluntad a ponerlos en práctica. Quienes la buscan con diligencia, la hallan sin esfuerzo.

J «El Reino de los Cielos es semejante...» 

Los capítulos 24 y 25 con­tienen el quinto discurso del Evangelio de San Mateo, que es llamado «Discurso Escatoló­gico». En él está reunido la enseñanza de Jesús acerca de su venida gloriosa, que será el acto final de la historia. En efecto, la palabra «escatología» significa: estudio del «éschaton» que quiere decir lo último. El fin busca responder a la pregunta que todo hombre se hace acerca del sentido último hacia dónde se dirige. El Señor Jesús salía del templo de Jerusalén y sus discípulos lo invitaron a contemplar la majestuosidad y la belleza del templo (Mt 24,1). El hermoso e imponente templo sin duda parecería indestructible. El Señor Jesús aprovecha el momento para hacer un sorpresivo y triste anuncio: «no quedará aquí piedra sobre piedra que no sea destruida » (Mt 24,2).  Este anuncio sin duda inquietó a los discípulos, de modo que más tarde, estando el Señor sentado (recordemos que en el oriente es la postura del maestro cuando enseña) en el monte de los Olivos, «se acercaron a Él en privado sus discípulos, y le dijeron: “Dinos cuándo sucederá eso, y cuál será la señal de tu venida y del fin del mundo”» (Mt 24, 3). La pregunta da pie entonces a la enseñanza del Señor sobre los últimos tiempos.

El sólo hecho de saber que la parábola «de las diez vírgenes» hace parte del discurso escatológico nos concede la clave de interpretación: Jesús nos quiere enseñar cuál debe ser nuestra actitud ante la certeza del fin del mundo y de su venida gloriosa. A los apóstoles, que se habían quedado mirando al cielo cuando Cristo resuci­tado ascendió, los ángeles les asegu­raron: «Este mismo Jesús vendrá de nuevo, tal como lo habéis visto subir al cielo» (Hch 1,11). El mundo se divide entre los que esperan vigilantes la vuelta de Jesús y los que están despreocupados. Asimismo, entre diez vírgenes que esperan al esposo, cinco son prudentes y cinco son necias; cinco lo aman con amor celoso y fiel y están dispuestas a esperarlo aunque tarde, y cinco son negligentes e infieles y su aten­ción se distrae hacia otras cosas.

Para exponer esta enseñanza e invitar a la vigilancia Jesús adopta una situación familiar para sus oyentes. El matrimonio judío se realizaba en dos etapas. La primera consistía en el contrato propiamente o esponsales entre el esposo y la esposa en que se fijaban las obligaciones de cada uno y se intercam­bia­ban el consentimiento. Esto podía ocurrir bastan­te tiempo antes que los esposos convi­vieran. La segun­da etapa era más festiva; consistía en que el esposo, venía, acompañado de sus amigos, a buscar a la esposa para llevársela consigo. La esposa esperaba rodeada de sus amigas, y la llegada del esposo era ocasión de fiesta; aquí se celebraba el banquete de bodas. En este caso diez vírgenes, con sus lámparas en la mano, salieron al encuentro del esposo. A menudo Cristo se comparó con «el esposo» porque Él reclama de cada uno de nosotros -y de la Iglesia entera- un amor semejante al de la esposa: exclusivo, total, fiel, indisoluble y fecundo. En la parábo­la es significativo que no vemos en ningún momento a la esposa sino que solamente aparece el esposo: sólo a él espera cada una de las vírgenes. Cada una se sintió interpelada por igual cuando a media noche se oyó el grito: «¡Llega el esposo! ¡Salid a su encuentro!» Pero aquí queda en evidencia la diferencia entre unas y otras.

J ¿Qué mantendrá encendida mi lámpara?

¿Cuál es «el aceite» que mantendrá mi lámpara encendida para la venida de Cristo? Y la respuesta no puede ser otra sino el amor. El amor ardiente y generoso que mantiene el corazón vuelto hacia Dios y hacia sus hermanos. El amor que es donación de sí mismo. El amor que consiste en descubrir en cada hermano la imagen misma de Cristo. Es el amor que triunfa sobre el pecado, el egoísmo y la soberbia. Estar atentos y preparados para la venida del Señor significa «permanecer en el amor» (Jn 15,9), porque al «atardecer de la vida te juzgarán sobre el amor». En efecto «quien no ama, permanece en la muerte» y la única forma de pasar de la muerte a la vida es por el amor a los hermanos (ver 1Jn 3,14).

L «En verdad…no os conozco»

La parábola sigue su curso; cada detalle evoca lo que será la venida final de Jesús. Las vírgenes que estaban preparadas entraron con el esposo al banquete de bodas y se cerró la puerta. Las necias llegaron tarde diciendo: «¡Señor, Señor, ábrenos!» Pero recibieron esta respuesta: «En verdad os digo que no os conozco». Ésta es, en realidad, una terrible senten­cia. Para la mentalidad semita el conocimiento no es algo solamente intelectual o de mera experiencia sensi­ble; el conoci­mien­to es también algo afectivo.

Conocer, en el lenguaje de la Biblia, significa al mismo tiempo conocer y amar, tener afecto, interés y preocupación por algo. La negación de Pedro: «No conozco a ese hombre» (Mt 26,72.74), no es solamen­te una mentira, es más grave que eso. Esa frase de Pedro significa: «Sí, conozco a ese hombre, pero yo no tengo nada que ver con él, no soy de los suyos, ni me afecta lo que pase con él». Así también la sentencia de Cristo, para los que no estén preparados esperando su venida, será ésta: «En verdad os digo, no los conozco y no tengo nada que ver con voso­tros».

La enseñanza de toda la parábola está resumida por Cristo mismo: «Velad, porque no sabéis ni el día ni la hora». Han pasado ya veinte siglos desde que Jesús ascendió y nos dejó esperando su venida. Tal como en la parábola, «el esposo tarda». El aceite de muchos ya se ha agotado y se han quedado dormidos. Pero precisa­mente por eso rige la adver­ten­cia: «¡Velad siempre, porque no sabéis ni el día ni la hora!». Puede faltar mucho o poco: no sabemos. Pero en un momento dado oiremos el grito: «¡Ya está aquí el esposo!». Lo que sí sabemos con total seguridad es que el fin de nuestra vida no tardará. Y eso es innegable.



+ Una palabra del Santo Padre:

«En el Credo profesamos que Jesús «de nuevo vendrá en la gloria para juzgar a vivos y muertos». La historia humana comienza con la creación del hombre y la mujer a imagen y semejanza de Dios y concluye con el juicio final de Cristo. A menudo se olvidan estos dos polos de la historia, y sobre todo la fe en el retorno de Cristo y en el juicio final a veces no es tan clara y firme en el corazón de los cristianos. Jesús, durante la vida pública, se detuvo frecuentemente en la realidad de su última venida. Hoy desearía reflexionar sobre tres textos evangélicos que nos ayudan a entrar en este misterio: el de las diez vírgenes, el de los talentos y el del juicio final. Los tres forman parte del discurso de Jesús sobre el final de los tiempos, en el Evangelio de san Mateo.

Ante todo, recordemos que, con la Ascensión, el Hijo de Dios llevó junto al Padre nuestra humanidad que Él asumió y quiere atraer a todos hacia sí, llamar a todo el mundo para que sea acogido entre los brazos abiertos de Dios, para que, al final de la historia, toda la realidad sea entregada al Padre. Pero existe este «tiempo inmediato» entre la primera venida de Cristo y la última, que es precisamente el tiempo que estamos viviendo. En este contexto del «tiempo inmediato» se sitúa la parábola de las diez vírgenes (cf. Mt 25, 1-13). Se trata de diez jóvenes que esperan la llegada del Esposo, pero él tarda y ellas se duermen. Ante el anuncio improviso de que el Esposo está llegando todas se preparan a recibirle, pero mientras cinco de ellas, prudentes, tienen aceite para alimentar sus lámparas; las otras, necias, se quedan con las lámparas apagadas porque no tienen aceite; y mientras lo buscan, llega el Esposo y las vírgenes necias encuentran cerrada la puerta que introduce en la fiesta nupcial. Llaman con insistencia, pero ya es demasiado tarde; el Esposo responde: no os conozco.

El Esposo es el Señor y el tiempo de espera de su llegada es el tiempo que Él nos da, a todos nosotros, con misericordia y paciencia, antes de su venida final; es un tiempo de vigilancia; tiempo en el que debemos tener encendidas las lámparas de la fe, de la esperanza y de la caridad; tiempo de tener abierto el corazón al bien, a la belleza y a la verdad; tiempo para vivir según Dios, pues no sabemos ni el día ni la hora del retorno de Cristo. Lo que se nos pide es que estemos preparados al encuentro —preparados para un encuentro, un encuentro bello, el encuentro con Jesús—, que significa saber ver los signos de su presencia, tener viva nuestra fe, con la oración, con los Sacramentos, estar vigilantes para no adormecernos, para no olvidarnos de Dios. La vida de los cristianos dormidos es una vida triste, no es una vida feliz. El cristiano debe ser feliz, la alegría de Jesús. ¡No nos durmamos!».

Papa Francisco. Audiencia General Miércoles 24  deabril de 2013.




' Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana 

1. La parábola refleja dos actitudes ante la vida, ante uno mismo y ante Dios. Nos dice el Concilio Vaticano II: «Ante la muerte el enigma de la condición humana alcanza su máximo» (Gaudium et Spes, 10). Llevar la vida en serio es vivir de acuerdo a nuestro fin último: la felicidad eterna. ¿Con qué actitud me identifico?

2. El Papa nos ha pedido para este mes: “para los esposos, para que sigan el ejemplo de santidad conyugal vivida por tantas parejas que se santificaron en las condiciones ordinarias de la vida". Recemos en familia por esta hermosa intención del Santo Padre.

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 1805-1811.




[1]necio, cia. (Del lat. nescĭus). adj. Ignorante y que no sabe lo que podía o debía saber. Imprudente o falto de razón.  Terco y porfiado en lo que hace o dice. Dicho de una cosa: Ejecutada con ignorancia, imprudencia o presunción.

documento facilitado por J.R. PULIDO, presidente del Consejo  diocesano de ANE  Toledo y Vicepresidente del Consejo nacional de Adoración Nocturna Española

viernes, 3 de noviembre de 2017

Domingo de la Semana 31 del Tiempo Ordinario. Ciclo A - 5 de noviembre de 2017 «El que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado»

Añadir leyenda
Celebración de la Eucaristia con motivo de los Cultos en honor de San Antolin ( Palencia ) foto Cameso
 



Lectura del profeta Malaquías (1,14b.2,2b. 8-10)Os apartasteis del camino y habéis hecho tropezar a muchos en la ley.

«Yo soy el Gran Rey, y mi nombre es respetado en las naciones -dice el Señor de los ejércitos-. Y ahora os toca a vosotros, sacerdotes.
Si no obedecéis y no os proponéis dar gloria a mi nombre -dice el Señor de los ejércitos-, os enviaré mi maldición.
Os apartasteis del camino, habéis hecho tropezar a muchos en la ley, habéis invalidado mi alianza con Leví -dice el Señor de los ejércitos-. Pues yo os haré despreciables y viles ante el pueblo, por no haber guardado mis caminos, y porque os fijáis en las personas al aplicar la ley. ¿No tenemos todos un solo padre? ¿No nos creó el mismo Señor? ¿Por qué, pues, el hombre despoja a su prójimo, profanando la alianza de nuestros padres?»

Salmo 130,1.2.3: Guarda mi alma en la paz, junto a ti, Señor. R./

Señor, mi corazón no es ambicioso, ni mis ojos altaneros; //  no pretendo grandezas que superan mi capacidad. R./

Sino que acallo y modero mis deseos, // como un niño en brazos de su madre. R./

Espere Israel en el Señor // ahora y por siempre. R./

Lectura de la Primera carta del apóstol San Pablo a los Tesalonicenses (2,7b-9.13): Deseábamos entregaros no sólo el Evangelio de Dios, sino hasta nuestras propias personas.

Os tratamos con delicadeza, como una madre cuida de sus hijos. Os teníamos tanto cariño que deseábamos entregaros no sólo el Evangelio de Dios, sino hasta nuestras propias personas, porque os habíais ganado nuestro amor.
Recordad si no, hermanos, nuestros esfuerzos y fatigas; trabajan­do día y noche para no serle gravoso a nadie, proclamamos entre vo­sotros el Evangelio de Dios.
Ésa es la razón por la que no cesamos de dar gracias a Dios, por­que al recibir la palabra de Dios, que os predicamos, la acogisteis no como palabra de hombre, sino, cual es en verdad, como palabra de Dios, que permanece operante en vosotros los creyentes.

Lectura del Santo Evangelio según San Mateo (23,1-12): No hacen lo que dicen.

En aquel tiempo, Jesús habló a la gente y a sus discípulos diciendo: -En la cátedra de Moisés se han sentado los letrados y los fariseos: haced y cumplid lo que os digan; pero no hagáis lo que ellos hacen, porque ellos no hacen lo que dicen.
Ellos lían fardos pesados e insoportables y se los cargan a la gente en los hombros, pero ellos no están dispuestos a mover un dedo para empujar.
Todo lo que hacen es para que los vea la gente: alargan las filacterias y ensanchan las franjas del manto; les gustan los primeros puestos en los banquetes y los asientos de honor en las sinagogas; que les hagan reverencias por la calle y que la gente los llame «maestro».
Vosotros, en cambio, no os dejéis llamar maestro, porque uno solo es vuestro maestro, y todos vosotros sois hermanos. Y no llaméis padre vuestro a nadie en la tierra, porque uno solo es vuestro Padre, el del cielo.
No os dejéis llamar jefes, porque uno solo es vuestro Señor, Cristo.
El primero entre vosotros será vuestro servidor. El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.


 Pautas para la reflexión personal  


 El vínculo entre las lecturas

«Pues todo el que se ensalce será humillado y el que se humille será ensalzado». En estas palabras podemos resumir la idea principal del trigésimo primer Domingo del tiempo ordinario. Jesús nos presenta en admirable síntesis el camino de servicio, de sacrificio y coherencia que es propio de todo cristiano. El pasaje del Evangelio de San Mateo nos ofrece una crítica dura de Jesús a los escribas y fariseos, porque hacen todo sin una recta intención y «para ser vistos por los hombres».

Vemos, sin embargo, que ya en el siglo V a.C. el profeta Malaquías amonestaba a los sacerdotes que no obedecían al Señor, ni daban gloria a su nombre. A estos sacerdotes se les amenaza con cambiar su bendición en maldición. Se han apartado del camino y han hecho tropezar a muchos (Primera Lectura). En una actitud opuesta tenemos en San Pablo un testimonio de preocupación y dedicación por llevar el Evangelio de Dios a todos. Se preocupa de los fieles de la comunidad de Tesalónica como una madre se preocupa de sus hijos; desea no sólo entregar la Palabra de Dios, sino su misma persona; trabaja, se fatiga, da ejemplo para no importunar a nadie. Finalmente se alegra porque acogen la Palabra, no como palabra humana, sino como lo que es en verdad: la Palabra de Dios. San Pablo es el apóstol que no busca la vanagloria de los hombres sino ser servidor de todos y es por eso que es enaltecido (Segunda Lectura).

 «Haced y observad todo lo que os digan»

El capítulo 23 de Mateo se ubica a continuación de algunas preguntas puestas a Jesús de parte de los fariseos y los saduceos para hacerlo caer y poder perderlo. Pero Jesús, no obstante, su infinita humildad y mansedumbre, demuestra no ser un ingenuo. En todos los casos capta inmediatamente dónde está la trampa y escapa de ella. Jesús nos proporciona un ejemplo de la actitud que Él mismo reco­mienda a sus discípu­los: «Sed prudentes como las ser­pientes y sencillos como las palomas» (Mt 10,16). Ésta es la actitud que expresa bien San Pablo cuando escribe a sus destinatarios: «Hermanos, no seáis niños en juicio. Sed niños en malicia, pero hombres maduros en juicio» (1Cor 14,20). En particular, hemos visto un caso en que los fari­seos se acer­can a Él con actitud deferente y hasta adula­dora, dicién­dole: «Maes­tro, sabemos que eres veraz y que enseñas el camino de Dios según la verdad» (Mt 22,16). Pero ésa era una acti­tud hipócri­ta. Si esas palabras hubieran sido sin­ceras, enton­ces hubieran debido hacer­se discípulos de Jesús.

En cambio, «trataban de dete­ner­lo» y si no lo hicieron fue solamente porque «tu­vie­ron miedo a la gente que lo tenía por profe­ta» (Mt 21,46). Queda así en evidencia que, en el caso de esos fari­seos, su palabra dice una cosa; pero su cora­zón piensa otra. Por eso tiene razón Jesús cuando advierte a sus discípu­los: «Sobre la cátedra de Moisés se han sentado los escri­bas y fariseos. Haced pues y ob­servad lo que os digan; pero no imitéis su con­ducta, por­que dicen y no hacen». Acerca de esta frase nos dice Orígenes: «¿Qué cosa hay más miserable que un doctor, cuyos discípulos se salvan no siguiendo su ejemplo, y se condenan cuando le imitan?». En la norma que da a sus discípulos Jesús demuestra estar lejos de ser un «subversivo» o un rebelde: «Haced y observad todo lo que os digan». Jesús manda obedecer a la autoridad reli­giosa, aunque por su conducta ella se haya hecho indigna de ser imitada.

 Los separados

Fariseo, en realidad, no es sinónimo de hipócrita. Pero en el uso normal ha asumido ese significado, por culpa de algunos de ellos, que, a causa de su actitud, mere­cieron esas denuncias de parte de Jesús. La palabra hebrea «perushim», de donde viene el término «fariseos», significa «separados», y describía al grupo de los que se ubicaban aparte del resto del pueblo para poder cumplir estrictamente todas las normas de la ley, en particu­lar las que se refieren a la pureza. En los tiempos de Jesús deben de haber sido alrededor de seis mil miembros y al igual que los esenios se los relacionaba ordinariamente con los hasidim (los piadosos) que en tiempo de los macabeos lucharon encarnizadamente contra la influencia pagana (ver 1Mac 2,42). Contaban entre sus miembros a la totalidad de los doctores de la ley, como también a cierto número de sacerdotes.

Es preciso notar las cualidades que dieron origen a sus excesos. Jesús reconoce su celo (Mt 23,15), su solicitud por la perfección y por la pureza (Mt 5,20) inclusive a uno de ellos le dijo: «No estás lejos del Reino de Dios» (Mc 12,34). Pablo subraya su voluntad de practicar minuciosamente la ley y hay que felicitarlos por su adhesión a tradiciones orales vivas. Pero escudándose en su ciencia legal aniquilan el precepto de Dios con sus tradiciones humanas (Mt 15,1-20); desprecian a los ignorantes en nombre de su propia justicia (Lc 18,11); impiden todo contacto con los pecadores y los publicanos limitando así su horizonte al amor de Dios; consideran incluso que tienen derechos para con Dios en nombre de su práctica (Mt 20,1-15; Lc 15,25-30).

La vanagloria de los fariseos se ejercitaba, entre otras cosas, en las filacterias (tephillim, o, más raramente, totaphoth) que consistían en unas capsulitas, donde iban enrolladlas tiras de pergamino en que estaban escritos algunos pa­sajes de los libros sagrados (Ex 13,1-10,13 11‑16; Dt 6,4‑9; 11,13-21). Durante la plegaria, el israelita se aplicaba (y se aplica aún) las tiras sobre la frente y el brazo izquierdo, significando seguir así literal­mente la prescripción contenida en Dt 6, 8. Los vanidosos se procuraban tiras más amplias y vistosas, para impresionar más, y otro tanto hacían con las franjas del vestido, que tenían también un significado religioso y eran usadas incluso por Jesús.

 «Uno sólo es vuestro Maes­tro... uno solo es vuestro Guía: el Cristo»

Jesús sigue explicando en qué forma ellos «dicen y no hacen». Y lo dice en su forma propia casi gráfica de hablar: «Atan cargas pesadas y las echan en las espaldas de la gente, pero ellos ni con el dedo quieren moverlas». ¡Qué diferencia con Jesús! Jesús enseña el precepto del amor al prójimo, pero Él fue el primero en cumplirlo como lo hace notar el Evangelio: «Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo» (Jn 13,1). Y ese extremo fue dar la vida por ellos. Por eso Jesús es un maestro que da gusto no sólo escuchar sino tam­bién seguir, imitando el ejemplo de su vida. Así compara Él su propia doctrina con la de los fariseos: «Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí, que soy manso y humilde de cora­zón... Porque mi yugo es suave y mi carga ligera» (Mt 11,28-30). Éste es el maestro que nos conviene escuchar, éste es el guía que nos conviene seguir: «Uno sólo es vuestro Maes­tro... uno sólo es vuestro Guía: el Cristo».

Los fariseos no sólo imponen a la gente preceptos que ellos no cumplen, sino que les gusta ser alabados por la gente: «Todas sus obras las hacen para ser vistos por los hombres». Jesús, en cambio, da a sus discípulos la norma opuesta: «Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos» (Mt 6,1); y ordena hacer el bien de manera tan oculta, que no sólo sea ignorado por los hombres, sino que «ni siquiera sepa tu mano izquierda lo que hace tu mano derecha» (Mt 6,3). Los fariseos «quieren el primer puesto en los banque­tes y los prime­ros asientos en las sinagogas, que se los salude en las plazas y que la gente los llame 'Rabbí'». Jesús, en cambio, da a sus discípulos esta norma: «Cuando seas invitado por alguien a una boda, no te sientes en el primer puesto... al contrario, vete a sentarte en el último puesto» (Lc 14,8.10). Jesús rehuyó todo honor y toda ostentación. Para describir su tenor de vida dijo a uno que quería seguirlo: «El Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza» (Mt 8,20). Y cuando alguien se dirigió a Él diciéndo­le: «Maestro bueno», Él rechazó este título respondiendo: «¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino sólo Dios» (Mc 10,17-18).

La conclusión de todo esto es la siguiente: «El mayor entre vosotros que sea el servidor vuestro. Pues el que se ensalce será humillado; y el que se humille será ensalza­do». Ésta debió ser una enseñanza frecuente de Jesús, puesto que el Evangelio la repite varias veces. Nada describe mejor el ejemplo de Jesús mismo que «siendo de categoría divina, se despojó y tomó la condición de sier­vo». Jesús es el único que merece el título de «Maestro» porque su vida es infinitamente coherente con su enseñan­za; Él es un maestro que «dice y hace». Por eso no es difícil «hacer y observar todo lo que Él dice».

 «Mirad que yo envío mi mensajero…»

Malaquías es el último de los doce profetas menores del Antiguo Testamento, vivió alrededor al año 500. A.C. Ya se había reedificado el Templo después del destierro babilónico. Pero la gente no servía de todo corazón a Dios. «Convertíos», decía Malaquías, «¡Dejad de defraudar  al Señor! ¡No sigáis poniendo a prueba su paciencia!». Los sacerdotes han invalidado la Alianza de Leví (la casta sacerdotal), porque convierten la ley en escándalo para el pueblo y porque la aplican según intereses personales.

El nombre de Malaquías significa «mi mensajero». Como mensajero de Dios el profeta habló de  la venida del Mesías y acerca del gran día  de la justicia y del juicio divino: «He aquí que yo os envío al profeta Elías antes que llegue el Día de Yahveh, grande y terrible» (Mal 3,23). El último de los profetas concluye su profecía anunciando el retorno del primer profeta: Elías. Ese Elías que retorna es Juan Bautista (ver Lc 1,17; Mt 17,1).

  Una palabra del Santo Padre:

Una reflexión que llevó al Santo Padre a plantearse una pregunta decisiva: ¿cómo es nuestra relación con Jesús? Una cuestión verdaderamente fundamental, «porque en nuestra relación con Jesús se hace fuerte nuestra victoria». Una pregunta «fuerte», reconoció, sobre todo para «nosotros que somos sacerdotes: ¿cómo es mi relación con Jesucristo?».

«La fuerza de un sacerdote recordó el Pontífice está en esta relación». En efecto, cuando su «popularidad crecía, Jesús iba al Padre». Lucas, en el pasaje evangélico de la liturgia (5, 12-16), relata: «Él, por su parte, solía retirarse a despoblado y se entregaba a la oración». Así «cuando se hablaba cada vez más» de Jesús «y las multitudes, numerosas, venían a escucharle y a buscar la curación, Él después iba al encuentro del Padre». Una actitud, puntualizó el Papa, que constituye «el criterio para nosotros, sacerdotes: ¿vamos o no vamos a encontrar a Jesús».

De aquí brota una serie de preguntas que el Pontífice sugirió para un examen de conciencia: «¿Qué sitio ocupa Jesús en mi vida sacerdotal? ¿Es una relación viva, de discípulo a maestro, de hermano a hermano, de pobre hombre a Dios? ¿O es una relación un poco artificial que no nace del corazón?».

«Nosotros estamos ungidos por el espíritu fue la reflexión propuesta por el Papa, y cuando un sacerdote se aleja de Jesucristo en lugar de ser ungido, termina siendo untuoso». Y, destacó, «¡cuánto mal hacen a la Iglesia los sacerdotes untuosos! Quienes ponen la fuerza en las cosas artificiales, en las vanidades», los que tienen «una actitud, un lenguaje remilgado». Y cuántas veces, añadió, «se oye: pero éste es un sacerdote» que se parece a una «mariposa», precisamente «porque siempre está en la vanidad» y «no tiene la relación con Jesucristo: ha perdido la unción, es un untuoso».

Incluso con todos los límites, «somos buenos sacerdotes continuó el Papa si vamos a Jesucristo, si buscamos al Señor en la oración: la oración de intercesión, la oración de adoración». Si, en cambio, «nos alejamos de Jesucristo, debemos compensar esto con otras actitudes mundanas». Y así surgen «todas estas figuras» como «el sacerdote especulador, el sacerdote empresario». Pero el sacerdote, afirmó con fuerza, «adora a Jesucristo, el sacerdote habla con Jesucristo, el sacerdote busca a Jesucristo y se deja buscar por Jesucristo. Éste es el centro de nuestra vida. Si no existe esto perdemos todo. ¿Y qué daremos a la gente?».

Papa Francisco. Misa matutina en el Domus Santae Marthae.Sábado 11 de enero de 2014.




 Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana 

1. Algunas veces solemos escuchar: «yo no voy a misa porque los que van son unos hipócritas: van, se golpean el pecho, y luego siguen viviendo en el pecado, abusando de la gente, etc».¿Qué decirles? ¿Es razón (o excusa) que el otro sea un hipócrita para que tú no te exijas en vivir coherentemente tu fe? ¿No es por eso mismo que tú y yo debemos esforzarnos por ser coherentes con nuestra fe, por mostrar nuestra fe con obras?

2. Lo que hace al santo es el esfuerzo por ser coherente. El esfuerzo profundo, constante, por ser coherente. Esa es la clave. La coherencia. Si caigo o no caigo, bueno, son problemas sobre los cuales nadie puede juzgar. Pero lo que, a nosotros como personas, a cada uno, nos interesa es: ¿soy yo una persona que se esfuerza realmente?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 575- 582.


Texto facilitado por J.R. Pulido, presidente diocesano de A.N.E. Toledo. Vicepresidente del Consejo nacional.


sábado, 28 de octubre de 2017

Domingo de la Semana 30 del Tiempo Ordinario. Ciclo A «Amarás a tu prójimo como a ti mismo» - 29 de octubre de 2017




Lectura del libro del Éxodo (22,20-26): Si explotáis a viudas y huérfanos se encenderá mi ira contra vosotros.

Así dice el Señor: «No oprimirás ni vejarás al forastero, porque forasteros fuisteis vosotros en Egipto. No explotarás a viudas ni a huérfanos, porque, si los explotas y ellos gritan a mí, yo los escucharé. Se encenderá mi ira y os haré morir a espada, dejando a vuestras mujeres viudas y a vuestros hijos huérfanos. Si prestas dinero a uno de mi pueblo, a un pobre que habita contigo, no serás con él un usurero, cargándole intereses. Si tomas en prenda el manto de tu prójimo, se lo devolverás antes de ponerse el sol, porque no tiene otro vestido para cubrir su cuerpo, ¿y dónde, si no, se va a acostar? Si grita a mi, yo lo escucharé, porque yo soy compasivo.»

Salmo 17,2-3a.3bc-4.47.51ab: Yo te amo, Señor, tú eres mi fortaleza. R./

Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza; // Señor, mi roca, mi alcázar, mi libertador. R./

Dios mío, peña mía, refugio mío, escudo mío, // mi fuerza salvadora, mi baluarte. // Invoco al Señor de mi alabanza // y quedo libre de mis enemigos. R./ 

Viva el Señor, bendita sea mi Roca, // sea ensalzado mi Dios y Salvador. // Tú diste gran victoria a tu rey,  // tuviste misericordia de tu Ungido. R./

Lectura de la Primera carta del apóstol San Pablo a los Tesalonicenses (1,5c-10): Abandonasteis los ídolos para servir a Dios y vivir aguardando la vuelta de su Hijo.

Hermanos: Sabéis cuál fue nuestra actuación entre vosotros para vuestro bien. Y vosotros seguisteis nuestro ejemplo y el del Señor, acogiendo la palabra entre tanta lucha con la alegría del Espíritu Santo. Así llegasteis a ser un modelo para todos los creyentes de Macedonia y de Acaya. Desde vuestra Iglesia, la palabra del Señor ha resonado no sólo en Macedonia y en Acaya, sino en todas partes. Vuestra fe en Dios había corrido de boca en boca, de modo que nosotros no teníamos necesidad de explicar nada, ya que ellos mismos cuentan los detalles de la acogida que nos hicisteis: cómo, abandonando los ídolos, os volvisteis a Dios, para servir al Dios vivo y verdadero, y vivir aguardando la vuelta de su Hijo Jesús desde el cielo, a quien ha resucitado de entre los muertos y que nos libra del castigo futuro.

Lectura del Santo Evangelio según San Mateo (22,34-40): Amarás al Señor tu Dios y al prójimo como a ti mismo.

En aquel tiempo, los fariseos, al oír que había hecho callar a los saduceos, se acercaron a Jesús y uno de ellos le preguntó para ponerlo a prueba: Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley? El le dijo: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser». Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo».
Estos dos mandamientos sostienen la Ley entera y los profetas.

& Pautas para la reflexión personal  

z El vínculo entre las lecturas

El Evangelio de este Domingo nos presenta la enseñanza más importante que Jesús nos ha dejado: «el mandamiento del amor». Lo que va a realizar ante la clara malicia de la pregunta, es algo realmente revolucionario: unir el amor a Dios con el amor al prójimo diciendo que ambos son semejantes. En la lectura del Éxodo vemos las prescripciones que debían observar los judíos en relación con los extranjeros, con las viudas, los huérfanos y todos aquellos que se veían en la necesidad de pedir prestado o dejar objetos en prenda para poder obtener lo necesario para la vida. El Señor velará siempre por estas personas ya que Él es «compasivo» y cuida de sus creaturas más necesitadas

Por otra parte, en la carta a los Tesalonicenses, Pablo alaba la fe y el apostolado de aquella naciente comunidad y comprueba que el crecimiento espiritual se debe, en primer lugar, a la apertura al Espíritu Santo. Los tesalonicenses han recibido la Palabra y se han convertido a Dios; viviendo ahora la sana tensión por la venida definitiva del Reconciliador (Segunda Lectura).

J «Sí él me invoca, yo lo escucharé porque soy compasivo»

La lectura del libro del Éxodo hace parte de una colección de leyes y de normas que buscan explicar y aplicar de manera práctica los principios religiosos y morales del Decálogo. Este pasaje nos enseña que no le basta a Dios que se le respete y obedezca; desea que nadie de los que han hecho la Alianza se quede al margen de su amor y por ello impone que la obediencia a sus preceptos pase por el respeto al prójimo y, de manera particular, a los menos favorecidos. Hacer con Dios una alianza implica el ser justo con aquellos por los cuales Él se desvive: los desamparados. Es impresionante el lenguaje de la Ley acerca de las viudas, huérfanos y pobres; pero lo es más todavía el de los profetas: «aprended a hacer el bien, buscad lo justo, dad sus derechos al oprimido, haced justicia al huérfano, abogad por la viuda» (Is 1,17;  verJr 5,28; Ez 22,7.).

Leemos en el Compendio de Doctrina Social de la Iglesia: «Del Decálogo deriva un compromiso que implica no sólo lo que se refiere a la fidelidad al único Dios verdadero, sino también las relaciones sociales dentro del pueblo de la Alianza. Estas últimas están reguladas especialmente por lo que ha sido llamado “el derecho del pobre”…El don de la liberación y de la tierra prometida, la Alianza del Sinaí y el Decálogo, están, por tanto, íntimamente unidos por una praxis que debe regular el desarrollo de la sociedad israelita en la justicia y en la solidaridad»[1].    

K «Maestro, ¿cuál es el mandamiento mayor de la ley?»

El Evangelio de este Domingo nos presen­ta el último de cuatro episodios en que se trata de sor­prender a Jesús en error. En el primero de estos episodios, después que Jesús purificó el templo expul­sando a los mercaderes, se le acercan los sumos sacerdotes y los ancia­nos del pueblo para preguntar­le sobre su autoridad (Mt 21,23). En el segundo (lo hemos visto el Domingo pasado), Jesús escapa de la trampa que le han tendido los fariseos y los herodianos con su pregunta acerca de la licitud de pagar el tributo al César (Mt 22,15-22). En el episodio siguien­te son los sadu­ceos[2] los que le presentan un caso difícil, para ridiculizar la fe en la resurrección de los muertos (Mt 22,23-33). La fe en la resurrección era uno de los puntos en que discrepaban fariseos y saduceos: «Los saduceos dicen que no hay resurrección, ni ángel, ni espíritu, mientras que los fariseos profesan todo eso» (Hch 23,8).

Pero en la introducción del episodio hay algo que a primera vista como que no corresponde: «Los fari­seos, al enterarse de que Jesús había tapado la boca a los sadu­ceos, se reunie­ron en grupo y uno de ellos le preguntó para tentarlo...» Si Jesús había tapado la boca a los saduceos y lo había hecho profesando la fe en la resurrección, se podría pensar que los fariseos estarían conten­tos y darían la razón a Jesús viendo que coincidía con ellos en un punto de doctrina. Pero no; cuando se trata de oponerse a Jesús, ellos olvi­dan sus discrepan­cias con los saduceos y están unidos buscando su ruina. Por eso, viendo que a los sadu­ceos no les resul­tó perder a Jesús, lejos de defenderlo por la doctrina que había sustentado, ellos hacen un nuevo inten­to. Le ponen una pregunta capciosa para ver si cae y les da motivo para desprestigiar­lo.

Aquí se ubica el episodio de este Domingo que es el cuarto de este tipo que con toda malicia y con ánimo de ponerle a prueba, le pregunta «Maestro, ¿cuál es el mandamiento mayor de la ley?»[3]. La intención es tentarlo, es decir, ponerle una pregunta que induzca a Jesús a dar una res­puesta errónea que les permita acusarlo o desprestigiarlo. Cuando se trató del tributo al César, Jesús ya había desenmasca­rado a los fariseos diciéndo­les: «Hipócritas, ¿por qué me ten­táis?» (Mt 22,18). Aquí nuevamente vuelven a tentarlo. Pero Jesús no reacciona de esa manera, porque la pregunta, a pesar de su intención torcida, le permite dar una enseñanza fundamen­tal.

L ¿Qué respuesta esperaban?

Antes de examinar la respuesta de Jesús trataremos de descubrir en qué consiste lo capcioso de la pregunta. La pregunta parece más bien apta para que Jesús se luzca con su res­puesta. En efecto, todo judío sabía de memoria el «Shemá Israel» y hasta el día de hoy se encuentra en el «Siddur» (el libro de oraciones) como parte de la oración nocturna diaria: «Escu­cha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Dios. Bendi­to sea el nombre glorio­so de su Reino por los siglos. Y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fuerza». Está tomado del libro del Deutero­nomio donde se agrega: «Per­manezcan en tu corazón estas palabras que yo te dicto hoy. Se las repeti­rás a tus hijos... las atarás en tu mano como una señal y serán como una insignia ante tus ojos...» (Dt 6,7-8).Es obvio que todo judío, interrogado sobre el mandamiento mayor de la ley, habría citado el «Shemá». Si la pregun­ta fue hecha «para tentarlo» es porque los fariseos espera­ban que Jesús respondiera otra cosa. Enton­ces habrían tenido de qué acusarlo.

Entonces, ¿qué respuesta esperaban? Jesús había estado enseñan­do con mucha energía el mandamiento del amor al prójimo. En el sermón de la montaña había radicalizado los manda­mien­tos que se refieren al prójimo: «Se os ha dicho: 'No matarás'... Pues yo os digo: 'Todo aquel que se encolerice contra su hermano será reo'... Se os ha dicho: 'No comete­rás adulte­rio'. Pues yo os digo: 'Todo el que mire una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón'... etc.»(Mt 5,21ss). Más adelante, al joven rico que le pregunta qué mandamientos tiene que cum­plir para alcanzar la vida eterna, Jesús le responde: «No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no levantarás falso testimonio, honra a tu padre y a tu madre, y amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Mt 19,18-19). Y más explícita­mente había enseña­do: «Os doy un mandamien­to nuevo: que os améis los unos a los otros... Éste es mi mandamiento: que os améis unos a otros» (Jn 13,34; 15,12).

Es probable que los fariseos esperaran que Jesús les diera esa respuesta o alguna parecida. Pero no habían entendido su enseñan­za. Jesús da la respuesta correcta: «Ama­rás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Éste es el mayor y el primer mandamiento». Pero en seguida agre­ga: «El segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo»[4]. Ambos mandamientos no se pueden sepa­rar, no se puede cumplir uno solo de ellos. El mandamien­to del amor es uno solo, es indivisi­ble, el mismo se dirige a Dios y al prójimo; no se trata de dos amores, sino de uno solo; cuando perece uno, perece también el otro. Esto es lo que Jesús quiere enseñar con su respuesta. Por eso concluye: «De estos dos mandamientos penden toda la ley y los profe­tas», no de uno sino de los dos.

J El mandamiento del amor

El fundamento del amor al prójimo es el amor a Dios; pero la prueba del amor a Dios es el amor al prójimo. San Juan es tajante en este criterio: «Si alguno dice: 'Amo a Dios' y no ama a su hermano es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve. Y hemos recibido de Él este mandamien­to: quien ama a Dios, ame también a su hermano» (1Jn4,20-21). Por tanto, el mandamiento: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu cora­zón...» se cumple solamente «amando al prójimo como a ti mismo». Jesús los unió más estrechamente aún, si es posible, cuando dijo, a propósito del juicio final: «Todo lo que hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí lo hicisteis» (Mt 25,40).

No tenemos otro modo de expresar nuestro amor a Él que amándolo en sus hermanos más peque­ños: los hambrientos, los sedientos, los forasteros, los desnu­dos, los enfermos, los encarcelados. San Juan de la Cruz comenta este episodio diciendo: «En la tarde de tu vida serás examinado sobre el amor», sin especificar, pues se trata de una sola virtud. Donde falta el amor a Dios lo único que nos queda entre manos es el egoísmo.

+ Una palabra del Santo Padre:

«La liturgia nos invita a abrir nuestra mente y nuestro corazón al don del Espíritu Santo, que Jesús prometió en más de una ocasión a sus discípulos, el primer y principal don que Él nos alcanzó con su Resurrección. Este don, Jesús mismo lo pidió al Padre, como lo testifica el Evangelio de hoy, ambientado en la Última Cena. Jesús dice a sus discípulos: «Si me amáis, guardaréis mis mandamientos; y yo pediré al Padre y os dará otro Paráclito, para que esté con vosotros para siempre» (Jn 14, 15-16).

Estas palabras nos recuerdan ante todo que el amor por una persona, y también por el Señor, se demuestra no con las palabras, sino con los hechos; y también «cumplir los mandamientos» se debe entender en sentido existencial, de modo que toda la vida se vea implicada. En efecto, ser cristianos no significa principalmente pertenecer a una cierta cultura o adherir a una cierta doctrina, sino más bien vincular la propia vida, en cada uno de sus aspectos, a la persona de Jesús y, a través de Él, al Padre. Para esto Jesús promete la efusión del Espíritu Santo a sus discípulos. Precisamente gracias al Espíritu Santo, Amor que une al Padre y al Hijo y de ellos procede, todos podemos vivir la vida misma de Jesús.

El Espíritu, en efecto, nos enseña todo, o sea la única cosa indispensable: amar como ama Dios.Al prometer el Espíritu Santo, Jesús lo define «otro Paráclito» (v. 16), que significa Consolador, Abogado, Intercesor, es decir Quien nos asiste, nos defiende, está a nuestro lado en el camino de la vida y en la lucha por el bien y contra el mal.

Jesús dice «otro Paráclito» porque el primero es Él, Él mismo, que se hizo carne precisamente para asumir en sí mismo nuestra condición humana y liberarla de la esclavitud del pecado.

Además, el Espíritu Santo ejerce una función de enseñanza y de memoria. Enseñanza y memoria. Nos lo dijo Jesús: «El Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho» (v. 26). El Espíritu Santo no trae una enseñanza distinta, sino que hace viva, hace operante la enseñanza de Jesús, para que el tiempo que pasa no la borre o no la debilite. El Espíritu Santo injerta esta enseñanza dentro de nuestro corazón, nos ayuda a interiorizarlo, haciendo que se convierte en parte de nosotros, carne de nuestra carne. Al mismo tiempo, prepara nuestro corazón para que sea verdaderamente capaz de recibir las palabras y los ejemplos del Señor. Todas las veces que se acoge con alegría la palabra de Jesús en nuestro corazón, esto es obra del Espíritu Santo».

Papa Francisco. Regina Coeli. 15 de mayo 2016.



' Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana 

1. «Lo que hicisteis con uno de mis pequeñuelos, lo hicisteis conmigo» (Mt 25,40). Haz un examen de conciencia a partir de pasaje del Evangelio de San Mateo. ¿Cómo vivo de manera concreta el amor al prójimo?

2. Recemos en familia el Salmo responsorial 17(16): «El clamor del inocente». 

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 2086.2093- 2094.2196.






[1]Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, 23.
[2] Los saduceos eran un partido político judío. Su nombre proviene del sacerdote Sadoc(sacerdote de la época del rey David), aunque el grupo se formó en el siglo II a.C. Lo constituía gente aristocrática y de familias sacerdotales.  Apoyaron a los reyes y a los sumos sacerdotes asmoreos (de la dinastía de los macabeos) y, más tarde, a los dominadores romanos. No admitían las ampliaciones que los fariseos habían hecho de la Ley (en concreto la ley oral que era distinta a la ley escrita que figura en el Antiguo Testamento). Por este motivo no creían en la resurrección de los muertos ya que de ella no se habla claramente en la Ley del Antiguo Testamento.  
[3] La Ley escrita, es decir, la Torah, contenía, según los rabinos, 613 preceptos, 248 de los cuales eran positivos, puesto que ordenaban determinadas acciones, y 365 negativos, ya que prohibían hacer algunas otras. Unos y otros se dividían en preceptos «ligeros» y preceptos «graves», según la importancia que se les atribuía.
[4]Ver Lev 19,18.

texto facilitado por Juan R. Pulido, presidente diocesano de Toledo y vicepresidente del Consejo nacional de la Adoración Nocturna Española.

fotografia. Imagén del Santísimo Cristo del Amor ( con el pelicano a los pies, simbolo del Amor) fotografia Cayetano Medina.