sábado, 3 de junio de 2017

Solemnidad de Pentecostés. Ciclo A «A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados»



Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles (2, 1- 11): Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar.

Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en el mismo lugar. De repente, un ruido del cielo, como de un viento recio, resonó en toda la casa donde se encontraban. Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se repartían, posándose encima de cada uno. Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en lenguas extranjeras, cada uno en la lengua que el Espíritu le sugería. Se encontraban entonces en Jerusalén judíos devotos de todas las naciones de la tierra. Al oír el ruido, acudieron en masa y quedaron desconcertados, porque cada uno los oía hablar en su propio idioma. Enormemente sorprendidos, preguntaban: «¿No son galileos todos esos que están hablando? Entonces, ¿cómo es que cada uno los oímos hablar en nuestra lengua nativa? Entre nosotros hay partos, medos y elamitas, otros vivimos en Mesopotamia, Judea, Capadocia, en el Ponto y en Asia, en Frigia o en Panfilia, en Egipto o en la zona de Libia que limita con Cirene; algunos somos forasteros de Roma, otros judíos o prosélitos; también hay cretenses y árabes; y cada uno los oímos hablar de las maravillas de Dios en nuestra propia lengua.»

Salmo 103,1ab.24ac.29bc-30.31.34: Envía tu Espíritu, Señor, y repuebla la faz de la tierra. R/.

Bendice, alma mía, al Señor: // ¡Dios mío, qué grande eres! // Cuántas son tus obras, Señor; // la tierra está llena de tus criaturas. R/.
 Les retiras el aliento, y expiran // y vuelven a ser polvo; // envías tu aliento, y los creas, // y repueblas la faz de la tierra. R/.
 Gloria a Dios para siempre, // goce el Señor con sus obras. // Que le sea agradable mi poema, // y yo me alegraré con el Señor. R/.

Lectura de la primera carta de San Pablo a los Corintios (12, 3b-7.12-13): Hemos sido bautizados en un mismo espíritu, para formar un solo cuerpo.
Hermanos: Nadie puede decir: «Jesús es Señor», si no es bajo la acción del Espíritu Santo. Hay diversidad de dones, pero un mismo Espíritu; hay diversidad de ministerios, pero un mismo Señor; y hay diversidad de funciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos. En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común. Porque, lo mismo que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, a pesar de ser muchos, son un solo cuerpo, así es también Cristo. Todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu.

Lectura del Santo Evangelio según San Juan (20,19-23): Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. Recibid el Espíritu Santo.

Al anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros.» Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.» Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.»


& Pautas para la reflexión personal  

z El vínculo entre las lecturas

El Espíritu Santo que el Señor había prometido reiteradamente a sus apóstoles, se derrama hoy abundantemente sobre ellos y los llena de un santo ardor para anunciar la «Buena Noticia» de la Resurrección del Señor. El libro de los Hechos de los Apóstoles nos narra el evento de Pentecostés donde vemos a los discípulos, que reunidos en oración, en torno a Santa María, son iluminados por la acción del Espíritu Santificador e inician su heroica actividad evangelizadora.

San Pablo, en la Primera Carta a los Corintios, subraya que sólo gracias a la acción del Espíritu podemos llamar a Jesús: el Señor; es decir, sólo siendo dóciles a las mociones del Espíritu Santo podemos reconocer y proclamar su divinidad (Segunda Lectura). El Evangelio nos presenta a Jesús resucitado que envía a sus apóstoles y les confiere el poder para perdonar los pecados por la recepción del Espíritu Santo. En la predicación, en la proclamación de la fe así como en la administración de los sacramentos; es el Espíritu Santo quien obra y da fuerzas.

K ¿Qué estamos celebrando?

Hoy día celebramos la efusión del Espíritu Santo sobre la Iglesia naciente cincuenta días después de la Resurrección de Cristo. Hoy día celebramos el cumplimiento de la promesa que Jesús hiciera a sus Apóstoles antes de ascender al cielo: «Recibiréis el Espíritu Santo y seréis mis testigos». 
Origi­nalmente era una fiesta agrícola de la siega; pero, visto que se celebraba cincuenta días después de la Pascua, que conmemoraba la salida de Egipto, pronto esta fiesta se asoció al don de la ley en el Sinaí y se celebraba la renovación de la alianza con el Señor. En el Talmud se transmite la sentencia del Rabí Eleazar: «Pente­costés es el día en que fue dada la Torah (la ley)».Esta fiesta era celebrada anualmente en Jerusalén con gran participación del pueblo. A ella hace referencia san Lucas cuando dice: «Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos...» (Hch 2,1).

K «Vino del cielo un ruido como de una ráfaga de viento impetuoso...»

La imagen que todos tenemos de lo que ocurrió ese día está sugerida por lo que allí se narra: «Vino del cielo un ruido como de una ráfaga de viento impetuoso, que llenó toda la casa en la que se encontraban... y quedaron todos llenos del Espíritu Santo». Es claro que la efusión del Espíritu Santo está relacio­nada con el viento. Esta relación resulta más evidente si se considera que en las lenguas bíblicas la misma palabra dice «viento» y «espíritu», en hebreo «rúaj» y en griego «pnéuma». Jesús – en los Evangelios - usa un gesto expresivo: «Sopló sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo».

Para un hombre primitivo el viento era una fuerza misteriosa. Ellos veían que los árboles se doblaban, los techos de las casas volaban, el agua se encrespaba, etc. pero no se «veía» ninguna causa que produjera estos efectos, que eran completamente imprevisibles. El paso obvio fue considerar el viento como el soplo de Dios, el «espíritu» de Dios. Se trata de una fuerza invisible e imprevisible -y por eso misteriosa- que logra efectos superiores a los que puede alcanzar cualquier poder humano.El poder creador del Espíritu de Dios está afirmado en la primera frase de la Biblia: «En el principio creó Dios los cielos y la tierra. La tierra era caos y confusión... y un viento (espíritu) de Dios aleteaba por encima de las aguas» (Gen 1,1-2). Por la acción de este espíritu se opera el ordenamiento del mundo: la luz, el firmamento, el retroceso de las aguas y la aparición de la tierra seca, la generación de los vegetales, plantas y árboles, los astros, el hombre.Entre todos los seres, el hombre posee algo que lo pone por encima de todos los demás, que lo hace irreductible a la materia y es fundamento de su dignidad inviolable. Esto lo expresa la Biblia afirmando que posee el «soplo de Dios»: «Dios formó al hombre con polvo del suelo, e insufló en sus narices aliento de vida, y resultó el hombre un ser viviente» (Gen 2,7).

J El «otro Paráclito» prometido por Jesús

La revelación plena del Espíritu Santo, como Persona divina consustancial al Padre y al Hijo, fue obra de Jesucristo. Pero Él mismo, para ilustrar la acción del Espíritu, emplea el origen de este nombre, cuando dice: «El viento sopla donde quiere, y oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así es todo el que nace del Espíritu» (Jn 3,8).El Espíritu Santo opera en el hombre efectos maravillosos, imposibles para las solas fuerzas humanas. El más grande de estos efectos es la salvación del pecado y de toda esclavitud que somete al hombre. San Pablo nos entrega un elenco de esas cosas que son imposibles a las solas fuerzas humanas y que son obra del Espíritu: «El fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, pacien­cia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de sí» (Gal 5,25). Por tanto, cuando en una persona encontramos estas actitudes, podemos discernir la presencia del Espíritu Santo en ella. Si tales son los frutos del Espíritu Santo con razón hoy día la Iglesia exclama: «Ven Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor».

J El perdón de los pecados

En el Evangelio de hoy Jesús indica una de esas obras maravillosas del Espíritu: el perdón de los pecados. El pecado es una ofensa del hombre a Dios. Si el pecado es mortal, destruye el amor en el corazón del hombre, hiere la naturaleza del hombre y atenta contra la solidaridad humana. El perdón del pecado no es solamente una declaración de que Dios no considera el pecado, sino que transforma radicalmente el corazón del hombre infundiéndole el amor. Pero esto, sólo el Espíritu puede hacerlo, pues «el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado» (Rm 5,5).

El poder de perdonar los pecados y de retenerlos fue entregado por Cristo resucitado a sus discípulos cuando les comunicó el Espíritu Santo. Es el poder que ejercen hoy los sacerdotes de la Iglesia por medio del sacramento de la Penitencia. El gesto de Jesús, exhalando su aliento sobre los discípulos, recuerda el gesto creador de Dios sobre Adán (ver Gn 2,7), y el espíritu de vida que infunde sobre los huesos que llenan el valle descrito por el profeta Ezequiel (ver Ez 37, 1-14). Estamos ante una nueva creación; obra, como la primera, del Verbo de Dios (Jn 1,1-3). Y el Salmo responsorial de hoy expresa el anhelo de una nueva creación: «Envía tu Espíritu, Señor, y renueva la faz de la tierra» (Salmo 103).Ahora, todo es nuevo...

+ Una palabra del Santo Padre:

«El Espíritu Santo nos enseña: es el Maestro interior. Nos guía por el justo camino, a través de las situaciones de la vida. Él nos enseña el camino, el sendero. En los primeros tiempos de la Iglesia, al cristianismo se le llamaba «el camino» (cf. Hch 9, 2), y Jesús mismo es el camino. El Espíritu Santo nos enseña a seguirlo, a caminar siguiendo sus huellas. Más que un maestro de doctrina, el Espíritu Santo es un maestro de vida. Y de la vida forma parte ciertamente también el saber, el conocer, pero dentro del horizonte más amplio y armónico de la existencia cristiana.

El Espíritu Santo nos recuerda, nos recuerda todo lo que dijo Jesús. Es la memoria viviente de la Iglesia. Y mientras nos hace recordar, nos hace comprender las palabras del Señor.Un cristiano sin memoria no es un verdadero cristiano: es un cristiano a mitad de camino, es un hombre o una mujer prisionero del momento, que no sabe tomar en consideración su historia, no sabe leerla y vivirla como historia de salvación. En cambio, con la ayuda del Espíritu Santo, podemos interpretar las inspiraciones interiores y los acontecimientos de la vida a la luz de las palabras de Jesús. Y así crece en nosotros la sabiduría de la memoria, la sabiduría del corazón, que es un don del Espíritu. Que el Espíritu Santo reavive en todos nosotros la memoria cristiana. Y ese día, con los Apóstoles, estaba la Mujer de la memoria, la que desde el inicio meditaba todas esas cosas en su corazón. Estaba María, nuestra Madre. Que Ella nos ayude en este camino de la memoria.

El Espíritu Santo nos enseña, nos recuerda, y —otro rasgo— nos hace hablar, con Dios y con los hombres. No hay cristianos mudos, mudos en el alma; no, no hay sitio para esto. Nos hace hablar con Dios en la oración. La oración es un don que recibimos gratuitamente; es diálogo con Él en el Espíritu Santo, que ora en nosotros y nos permite dirigirnos a Dios llamándolo Padre, Papá, Abbà (cf. Rm 8, 15; Gal 4, 6); y esto no es sólo un «modo de decir», sino que es la realidad, nosotros somos realmente hijos de Dios. «Cuantos se dejan llevar por el Espíritu de Dios, esos son hijos de Dios» (Rm 8, 14).

Nos hace hablar en el acto de fe. Ninguno de nosotros puede decir: «Jesús es el Señor» —lo hemos escuchado hoy— sin el Espíritu Santo. Y el Espíritu nos hace hablar con los hombres en el diálogo fraterno. Nos ayuda a hablar con los demás reconociendo en ellos a hermanos y hermanas; a hablar con amistad, con ternura, con mansedumbre, comprendiendo las angustias y las esperanzas, las tristezas y las alegrías de los demás. Pero hay algo más: el Espíritu Santo nos hace hablar también a los hombres en la profecía, es decir, haciéndonos «canales» humildes y dóciles de la Palabra de Dios. La profecía se realiza con franqueza, para mostrar abiertamente las contradicciones y las injusticias, pero siempre con mansedumbre e intención de construir. Llenos del Espíritu de amor, podemos ser signos e instrumentos de Dios que ama, sirve y dona la vida.

Recapitulando: el Espíritu Santo nos enseña el camino; nos recuerda y nos explica las palabras de Jesús; nos hace orar y decir Padre a Dios, nos hace hablar a los hombres en el diálogo fraterno y nos hace hablar en la profecía».

Papa Francisco. Homilía en la Solemnidad de Pentecostés. 8 de junio de 2014. 





' Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana 

1. «Porque en un solo Espíritu hemos sido todos bautizados, para no formar más que un cuerpo, judíos y griegos, esclavos y libres». Recemos por la unidad de la Iglesia y busquemos amar a todos nuestros hermanos sin ningún tipo de distinción o segregación. 

2. Un tema directamente asociado al Espíritu Santo es el perdón de los pecados. ¿Con qué frecuencia recurro al sacramento de la reconciliación?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales 689 - 701. 731- 747.


Texto semanal facilitado por D. Juan Ramón Pulido, Presidente del Consejo Diocesano de  A.N.E. toledo y Vicepresidente de su Consejo nacional






sábado, 27 de mayo de 2017

La Ascensión del Señor. Ciclo A «Haced discípulos a todas las gentes» La Misa del Domingo



Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles (1, 1- 11): Lo vieron levantarse.

En mi primer libro, querido Teófilo, escribí de todo lo que Jesús fue haciendo y enseñando hasta el día en que dio instrucciones a los apóstoles, que había escogido, movido por el Espíritu Santo, y ascendió al cielo. Se les presentó después de su pasión, dándoles numerosas pruebas de que estaba vivo, y, apareciéndoseles durante cuarenta días, les habló del reino de Dios. Una vez que comían juntos, les recomendó: «No os alejéis de Jerusalén; aguardad que se cumpla la promesa de mi Padre, de la que yo os he hablado. Juan bautizó con agua, dentro de pocos días vosotros seréis bautizados con Espíritu Santo.» Ellos lo rodearon preguntándole: «Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar el reino de Israel?» Jesús contestó: «No os toca a vosotros conocer los tiempos y las fechas que el Padre ha establecido con su autoridad. Cuando el Espíritu Santo descienda sobre vosotros, recibiréis fuerza para ser mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta los confines del mundo.»
Dicho esto, lo vieron levantarse, hasta que una nube se lo quitó de la vista. Mientras miraban fijos al cielo, viéndolo irse, se les presentaron dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron: «Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que os ha dejado para subir al cielo volverá como le habéis visto marcharse.»

Salmo 46,2-3.6-7.8-9: Dios asciende entre aclamaciones; el Señor, al son de trompetas. R./

Pueblos todos batid palmas, // aclamad a Dios con gritos de júbilo; // porque el Señor es sublime y terrible, // emperador de toda la tierra. R./

Dios asciende entre aclamaciones, // el Señor, al son de trompetas; // tocad para Dios, tocad, // tocad para nuestro Rey, tocad. R./

Porque Dios es el rey del mundo; // tocad con maestría. // Dios reina sobre las naciones, // Dios se sienta en su trono sagrado. R./

Lectura de la carta de San Pablo a los Efesios (1,17- 23): Lo sentó a su derecha, en el cielo.
Hermanos: Que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo. Ilumine los ojos de vuestro corazón, para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos, y cuál la extraordinaria grandeza de su poder para nosotros, los que creemos, según la eficacia de su fuerza poderosa, que desplegó en Cristo, resucitándolo de entre los muertos y sentándolo a su derecha en el cielo, por encima de todo principado, potestad, fuerza y dominación, y por encima de todo nombre conocido, no sólo en este mundo, sino en el futuro. Y todo lo puso bajo sus pies, y lo dio a la Iglesia como cabeza, sobre todo. Ella es su cuerpo, plenitud del que lo acaba todo en todos.

Lectura del Santo Evangelio según San Mateo (28,16-20): Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra.

En aquel tiempo, los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Al verlo, ellos se postraron, pero algunos vacilaban. Acercándose a ellos, Jesús les dijo: «Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra. Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.»


& Pautas para la reflexión personal  

z El vínculo entre las lecturas

«Este mismo Jesús, vendrá así tal como le habéis visto subir al cielo» (Primera Lectura). Esta afirmación del relato del libro de los Hechos de los Apóstoles nos ofrece una síntesis profunda del mensaje central de la Solemnidad de la Ascensión. Jesús asciende al cielo en su cuerpo glorioso[1] pero deja a sus apóstoles una misión clara y comprometedora: «Id y haced discípulos a todos los pueblos» (Evangelio). Se trata de anunciar sin descanso la Buena Nueva: Jesucristo ha resucitado y está sentado a la diestra del Padre en los Cielos. Esta es la verdad en la que fundamenta nuestra fe (Segunda Lectura).

J La Ascensión de Jesús a los cielos

En el tiempo que ha transcurrido desde la Resurrec­ción del Señor la Iglesia recuerda las diversas apariciones de Cristo Resucitado a sus discípulos. No sabemos exactamente cuántas veces se les apareció. La expresión usada por Lucas en el libro de los Hechos de los Apóstoles da la impresión de un contacto diario de Jesús con sus apóstoles: «Se les presentó dándoles muchas prue­bas de que estaba vivo, apareciéndoseles durante cua­renta días y hablándoles acerca del Reino de Dios» (Hch 1,3). La liturgia dominical nos recuerda la última de esas apari­ciones. En esta ocasión Jesús no «desapareció de su lado» en un instante, como ocurrió mientras estaba a la mesa con los discípulos de Emaús (ver Lc 24,31) y también en las demás aparicio­nes; esta vez «fue levantado en pre­sencia de ellos hasta que una nube lo ocultó a sus ojos».

Aquella nube que esconde el cuerpo de Cristo posee un profundo significado bíblico. En múltiples ocasiones en la Sagrada Escritura, la Gloria de Dios se manifiesta en forma de nube (ver Ex 16,10; 19,9 etc.). La nube fue la que se interpuso entre el campamento de los israelitas y los ejércitos egipcios que venían en su busca por el desierto. Esa nube era la que defendía a Israel y la que indicaba el momento de alzar el campamento y reemprender la marcha. El texto del Éxodo es muy significativo: Yahveh iba al frente de ellos, de día en columna de nube para guiarlos por el camino, y de noche en columna de fuego para alumbrarlos, de modo que pudiesen marchar de día y de noche. No se apartó del pueblo ni la columna de nube por el día, ni la columna de fuego por la noche (ver Ex 13, 21-22). Es pues, función de la nube «guiar» de día y «alumbrar» de noche. Pero es también la nube la que se aparece en el Sinaí y envuelve a Moisés con el misterio para recibir las tablas de la ley. La nube es símbolo de la cercanía de Dios: Dios está presente, se avecina y se deja sentir, pero al mismo Dios es trascendente, es santo, está por encima de los cielos. La nube es revelación y misterio. Es revelación y ocultamiento. Es una verdad que se revela ocultándose y se oculta revelándose.

En la Ascensión, Jesús «fue levantado en presencia de ellos». Este modo de dejarlos fue el signo de que abandona­ba este mundo y ya no lo volverían a ver en su apariencia física. Se estaban cumpliendo así las pala­bras que Jesús había dicho a sus discípulos: «Salí del Padre y he venido al mundo; ahora dejo otra vez el mundo y voy al Padre» (Jn 16,28). Pero los discípulos sabían que tenía que cumplirse también esta otra promesa: «Dentro de poco ya no me veréis y dentro de otro poco me volveréis a ver» (Jn 16,16). Sabemos cuánto duró el primer «poco» ya que fue el tiempo que se extendió desde el momento en que Jesús pronunció esas palabras - que fue en la Última Cena, antes de su Pasión y Muer­te -, hasta la Ascensión de Jesús Resu­ci­tado al cielo: cuarenta y tres días. Y ¿cuánto duró el «otro poco»?

Ese «otro poco» es el tiempo de la ausen­cia de Jesús. Para que la promesa de Jesús tuviera sentido debía ser realmente «poco tiempo». A este breve lapso de tiempo se refiere Jesús cuando, el día que ascendió al cielo, «mandó a sus apóstoles que no se ausentasen de Jerusalén, sino que aguardasen la Promesa del Padre». Y les asegura: «Dentro de pocos días seréis bautizados en el Espíritu Santo». En ese momento los apóstoles no sabían cuántos días. Ahora nosotros sabemos que la espera fue breve: duró diez días; pues el Espíritu Santo vino sobre los apóstoles el día de Pentecostés, es decir, cincuenta días después de la Resurrección. Gracias a la acción del Espíritu Santo, sintieron los apóstoles que el Señor estaba de nuevo con ellos. A esta presencia se refería Jesús cuando les dijo: «En aquel día comprenderéis que yo estoy en mi Padre y vosotros en mí y yo en vosotros» (Jn 14,20). Este es el modo de presencia más real y más pleno de Jesús con nosotros; más que el de su presencia física en los días de su peregrinación por este mundo.

J El final del Evangelio de San Mateo

El Evangelio de este día, tomado de los cinco últimos versículos de Mateo, debe entenderse situado en el momento de la Ascensión de Jesús a los cielos. Después de reunir a sus discípulos, darles las últimas instrucciones y enviarlos, Jesús les asegura su presencia junto a ellos. Esta promesa no tendría sentido si no se enten­diera que acto seguido Jesús fue llevado al cielo.

El breve texto de cinco versículos, precisamente por ser la conclusión de todo el Evangelio de Mateo, es de una extraordinaria riqueza. Constituye un punto fundamental de la doctrina sobre la Trinidad, pues contiene la expresión trinitaria más explícita. Es un texto clave de la doctrina sobre el Bautismo cristiano, pues contiene la fórmula para administrar válidamente este sacramento y pone en eviden­cia su relación con el anuncio cristiano y la instrucción sucesi­va. Es donde les encomienda a los discípulos conti­nuar su misma misión en el mundo.

El Evangelio es explícito en decir que estas pala­bras fueron dirigidas a los «once discípulos» (el puesto de Judas todavía no había sido cubierto). Pero que desde entonces fueron cons­tituidos en «apóstoles» que quiere decir exactamente eso: «enviados». Así entendieron ellos su identidad más profunda: enviados por Jesús con la misión precisa de hacer a todos los pueblos discípulos de Cristo. Llama inmediatamente la atención que en este breve texto la palabra «todo» se repita cuatro veces: todo poder, todos los pueblos, todo lo mandado, todos los días.

K «Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tie­rra»

Jesús posee la totalidad del poder. Esto es lo que durante su vida más llamaba la atención de la gente. «Se asombraban de su doctrina, porque les enseñaba como quien tiene poder» (Mt 7,29). Cuando Jesús perdonó los pecados al paralítico y como signo le dio también la salud corporal, «la gente temió y glorificó a Dios que había dado tal poder a los hombres» (Mt 9,7).

Jesús tiene poder de expulsar los demo­nios, de calmar la tormenta, de dar vida a los muertos, etc. Con estos hechos daba testimonio de sus  palabras: «El Padre ama al Hijo y ha puesto todo en sus manos» (Jn 3,35). Jesús tiene la tota­lidad del poder y lo que Él ha estableci­do y mandado, nadie puede cambiarlo. Pero ha dado parte de su poder a la Iglesia cuando dijo: «Todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo... a quienes perdonéis los pecados les quedarán perdo­nados... id y haced discípulos de todos los pueblos...». La Iglesia ha recibido del Señor todo el poder necesario para cumplir su misión de salvación en favor de los hombres.

J «Haced discípulos de todos los pueblos»

La misión se dirige a la totalidad de los hombres. Así queda expresada de la manera más evidente la univer­salidad de la salvación. En la Antigua Alianza, Israel, con sus límites geográ­ficos y étnicos definidos, había sido elegido como «pueblo de Dios»; en la Nueva Alianza, la Iglesia, que es el nuevo Israel, no posee lími­tes de ningún tipo; ella tiene la extensión de la humanidad; todos están llamados a formar parte de ella y gozar de las prome­sas de Dios. En su gran visión del Apoca­lipsis, el autor escucha ante el trono del Cordero un cánti­co nuevo: «Fuiste degollado y compraste para Dios con tu sangre hom­bres de toda raza, lengua, pueblo y nación» (Ap. 5,9).

J «Enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado»

Se trata de guardar la totalidad de la doctrina enseñada por Cristo. Jesús envía a hacer discípulos suyos indicando dos cosas necesarias: el Bautismo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo y la observancia de todo lo que Él ha mandado. Muchas veces estamos bautizados y nos llama­mos cristianos, pero faltamos a esta segunda condición: silencia­mos sistemática­mente algunos puntos del Evangelio, porque nos resultan incómodos o porque, según la idea parti­cular que nos hemos hecho de Dios, no cuadrarían con Él; o simplemente nos desen­tendemos de alguna parte de su doctri­na, por ejemplo, lo que manda respecto al divorcio, al adulterio, al uso adecuado de las riquezas, etc. En obediencia a esta misión dada por Cristo de enseñar todo lo mandado por Él, la Iglesia ha promulgado el Cate­cismo de la Iglesia Cató­lica, que con­tiene «un com­pendio de toda la doctrina católi­ca tanto sobre la fe como sobre la moral». Contiene lo que un discípulo de Cristo debe creer, celebrar, vivir y orar.

J «Estoy con vosotros todos los días»

Aquí está expresa­da la totalidad del tiempo. Son las últimas palabras de Cristo y es la promesa más hermosa: su presencia continua en medio de su Igle­sia. Si es cierto que su Ascensión corporal es un dogma de nuestra fe, también lo es su presencia real en la Iglesia, sobre todo, en aquella presencia llamada «real» por excelen­cia: la Eucaristía. Jesucristo Resucitado, con su cuerpo, sangre, alma y divinidad está sentado a la derecha de Dios y está en nuestros altares en el «pan de vida eter­na» y en el «cáliz de salvación».

+ Una palabra del Santo Padre:

«Jesús parte, asciende al cielo, es decir, regresa al Padre de quien había sido enviado al mundo. Pero no se trata de una separación, porque Él permanece para siempre con nosotros, en una forma nueva. Con su Ascensión, el Señor resucitado atrae la mirada de los Apóstoles – y también nuestra mirada – a las alturas del Cielo para mostrarnos que la meta de nuestro camino es el Padre.

Sin embargo, Jesús permanece presente y operante en las vicisitudes de la historia humana con la potencia y los dones de su Espíritu; está junto a cada uno de nosotros: incluso si no lo vemos con los ojos, ¡Él está! Nos acompaña, nos guía, nos toma de la mano y nos levanta cuando caemos. Jesús resucitado está cerca de los cristianos perseguidos y discriminados; está cerca de cada hombre y mujer que sufre.

Pero Jesús también está presente mediante la Iglesia, a la que Él ha enviado a prolongar su misión. La última palabra de Jesús a los discípulos es la orden de partir: “Vayan, pues, y hagan discípulos a todas las gentes” (Mt 28, 19). Es un mandato preciso, ¡no es facultativo! La comunidad cristiana es una comunidad “en salida”, “en partida”. Y ustedes me dirán: ¿pero y las comunidades de clausura? Sí, también ellas, porque están siempre “en salida” con la oración, con el corazón abierto al mundo, a los horizontes de Dios. ¿Y los ancianos, los enfermos? También ellos, con la oración y la unión a las llagas de Jesús.

A sus discípulos misioneros Jesús les dice: “Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo” (v. 20). Solos, sin Jesús, ¡no podemos hacer nada! En la obra apostólica no bastan nuestras fuerzas, nuestros recursos, nuestras estructuras, si bien son necesarias. Sin la presencia del Señor y la fuerza de su Espíritu nuestro trabajo, aun si bien organizado, resulta ineficaz.

Y junto a Jesús nos acompaña María, nuestra Madre. Ella ya está en la casa del Padre, es Reina del cielo y así la invocamos en este tiempo; pero como Jesús está con nosotros, camina con nosotros, es la Madre de nuestra esperanza».

Ángelus del Papa Francisco, domingo 1 junio 2014 La Ascensión del Señor a los cielos.




' Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana 

1. Esta solemnidad de la Ascensión es un excelente momento para examinar nuestro peregrinar en la vida, considerando que el Señor volverá para tomarnos consigo. Hay que vivir diariamente teniendo un horizonte de eternidad.

2. En el misterio del Plan de Dios para la humanidad, la Ascensión de Jesucristomarca un viraje trascendental. Sentado a la derecha del Padre, «la Iglesia, que es su Cuerpo» (Ef 1, 22-23)por el poder del Espíritu Santo,está reinando eternamente. Meditemos en esta verdad revelada para que nos ayude a entender nuestra vocación última: el cielo.

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 659 - 664. 668- 674.



[1]«Con esto, el Señor Jesús, después de hablarles, fue elevado al Cielo y se sentó a la diestra de Dios» (Mc 16, 19). El cuerpo de Cristo fue glorificado desde el instante de su Resurrección como lo prueban las propiedades nuevas y sobrenaturales, de las que desde entonces su cuerpo disfruta para siempre. Pero durante los cuarenta días en los que él come y bebe familiarmente con sus discípulos y les instruye sobre el Reino, su gloria aún queda velada bajo los rasgos de una humanidad ordinaria. La última aparición de Jesús termina con la entrada irreversible de su humanidad en la gloria divina simbolizada por la nube y por el cielo donde él se sienta para siempre a la derecha de Dios. Sólo de manera completamente excepcional y única, se muestra a Pablo «como un abortivo» (1 Co 15, 8) en una última aparición que constituye a éste en apóstol». Catecismo de la Iglesia Católica, 659. 

Texto facilitado por D. Juan Ramón Pulido, presidente diocesano y vicepresidente del Consejo nacional de la Adoración nocturna española.

domingo, 21 de mayo de 2017

Domingo de la Semana 6ª de Pascua. Ciclo A «Yo pediré al Padre y os dará otro Paráclito»



Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles (8,5-8.14-17): Les imponían las manos y recibían el Espíritu Santo.

En aquellos días, Felipe bajó a la ciudad de Samaria y predicaba allí a Cristo. El gentío escuchaba con aprobación lo que decía Felipe, porque habían oído hablar de los signos que hacía, y los estaban viendo: de muchos poseídos salían los espíritus inmundos lanzando gritos, y muchos, paralíticos y lisiados se curaban. La ciudad se llenó de alegría. Cuando los apóstoles, que estaban en Jerusalén, se enteraron de que Samaria había recibido la palabra de Dios, enviaron a Pedro y a Juan; ellos bajaron hasta allí y oraron por los fieles, para que recibieran el Espíritu Santo; aún no habla bajado sobre ninguno, estaban sólo bautizados en el nombre del Señor Jesús. Entonces les imponían las manos y recibían el Espíritu Santo.

Salmo 65,1-3a.4-5.6-7a.16.20: Aclamad al Señor, tierra entera. R/.

Aclamad al Señor, tierra entera, // tocad en honor de su nombre, // cantad himnos a su gloria; // decid a Dios: «Qué temibles son tus obras.» R/.

Que se postre ante ti la tierra entera, // que toquen en tu honor, // que toquen para tu nombre. // Venid a ver las obras de Dios, // sus temibles proezas en favor de los hombres. R/.

Transformó el mar en tierra firme, // a pie atravesaron el río. // Alegrémonos con Dios, // que con su poder gobierna eternamente. R/.

Fieles de Dios, venid a escuchar, // os contaré lo que ha hecho conmigo. // Bendito sea Dios, que no rechazó mi súplica, // ni me retiró su favor. R/.

Lectura de la Primera carta de San Pedro (3,15-18): Como era hombre, lo mataron, pero, como poseía el Espíritu, fue devuelto a la vida.

Queridos hermanos: Glorificad en vuestros corazones a Cristo Señor y estad siempre prontos para dar razón de vuestra esperanza a todo el que os la pidiere; pero con mansedumbre y respeto y en buena conciencia, para que en aquello mismo en que sois calumniados queden confundidos los que denigran vuestra buena conducta en Cristo; que mejor es padecer haciendo el bien, si tal es la voluntad de Dios, que padecer haciendo el mal. Porque también Cristo murió por los pecados una vez para siempre: el inocente por los culpables, para conducirnos a Dios. Como era hombre, lo mataron; pero, como poseía el Espíritu, fue devuelto a la vida.

Lectura del Santo Evangelio según San Juan (14, 15-21): Yo le pediré al Padre que os dé otro defensor.

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Si me amáis, guardaréis mis mandamientos. Yo le pediré al Padre que os dé otro defensor, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad. El mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce; vosotros, en cambio, lo conocéis, porque vive con vosotros y está con vosotros. No os dejaré huérfanos, volveré. Dentro de poco el mundo no me verá, pero vosotros me veréis y viviréis, porque yo sigo viviendo. Entonces sabréis que yo estoy con mi Padre, y vosotros conmigo y yo con vosotros. El que acepta mis mandamientos y los guarda, ése me ama; al que me ama lo amará mi Padre, y yo también lo amaré y me revelaré a él.»


&Pautas para la reflexión personal  

z El vínculo entre las lecturas

«Yo rogaré al Padre y Él les enviará otro Paráclito que esté siempre con ustedes». Esta frase del Evangelio unifica la liturgia de la Palabra previo a la Ascensión y a Pentecostés. La naciente Iglesia ha vivido una larga experiencia de encuentro con Jesucristo Resucitado y ahora anuncia su partida. Pero Jesucristo nunca dejará sola a su Iglesia. Revela el misterio Trinitario y promete la presencia de un Defensor: el Espíritu Santo. Este discurso de despedida del Señor nos hace crecer en la esperanza cristiana y exclamar, junto con el salmista, que el evento de Pentecostés es una «obra admirable» y que toda la tierra ha de aclamar al Señor pues ha hecho prodigios por los hombres.

Así los samaritanos, apóstatas del judaísmo, serán admitidos con alegría a la comunidad cristiana por la acción del Espíritu Santo que no hace acepción de personas, bastando sólo su conversión y aceptación de la Palabra de Dios (Primera Lectura). También, con la fuerza del Espíritu que resucitó a Jesús podrán los cristianos hacer el bien y así glorificar a Cristo en sus corazones; dando razón de su esperanza a todo el que se la pidiere (Segunda Lectura).

J «Yo enviaré otro Paráclito»

El Evangelio de este Domingo contiene la primera de las cinco promesas del Espíritu Santo que hace Jesús a sus apóstoles en su discurso de despe­dida durante la última cena: «Yo pediré al Padre, y os dará otro Paráclito..., el Espíritu de la verdad...» (Jn 14,16.17).Lo primero que llama la atención es el nombre dado al Espíritu Santo: «Paráclito». Este término es propio de San Juan en el Nuevo Testamento. Pertenece a un contexto jurídico y designa a quien viene en ayuda de otro, sobre todo en el curso de un proceso judicial. Habrá que tradu­cirlo, entonces, por asisten­te, defensor, abogado. Con este término queda insinuado el tema del conflicto de los discípulos con el mundo que vamos a leer en la Carta de San Pedro. En este conflic­to ellos no tienen que temer porque el Padre les dará un Paráclito. San Juan da al Espíri­tu Santo el nombre de «Paráclito» destacando el rol de asistencia que tiene en la tierra.

Algo que también nos llama la atención es que Jesús no promete «un Paráclito», sino «otro Paráclito». Si éste es «otro», ¿quiere decir que hay ya uno? En efecto. El primer gran defensor, el que ha estado con los discí­pulos y los ha asistido hasta ese momento, es Jesús mismo. Pero Jesús está anunciando su partida; cuando él haya partido, vendrá el Espí­ritu Santo, que es llamado «otro Paráclito», porque conti­nuará entre los discí­pulos la obra realizada por Jesús. En esta misma ocasión, diri­giéndose al Padre, Jesús destaca su rol de «defensor» en relación a sus discípulos: «Cuando estaba yo con ellos, yo cuidaba en tu nombre a los que me habías dado. He velado por ellos y ninguno se ha perdido» (Jn 17,12). Esta es la tarea que tendrá ahora el Espíritu Santo.

J «No os dejaré huérfanos»

Jesús anuncia su partida inminente; pero asegura que volverá pronto a los suyos: «No os dejaré huérfanos[1]: volveré a vosotros». Este regreso no se refiere a las apariciones de Cristo Resucitado, sino a una presencia suya espiri­tual, inte­rior y permanen­te, según su promesa que leemos en la última frase del Evangelio de San Mateo: «Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo» (Mt 28,20). Entonces sólo los discípu­los lo verán: «Dentro de poco el mundo ya no me verá, pero vosotros sí me veréis». La capacidad de ver a Jesús vivo junto a los suyos será la obra del Espíri­tu Santo. Jesús dice claramente cuál es la condición para que alguien pueda verlo: «El que me ame... yo me manifestaré a él». Podemos precisar aun más esta condición: «El que tiene mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama». Por tanto, para ver a Jesús es necesario amarlo, pero en la forma concreta de observar su voluntad. Esta condi­ción no la cumple el mundo. Por eso Jesús dice: «El mundo ya no me verá». Los discípu­los, en cambio, sí la cumplen: «Voso­tros sí me veréis».

Jesús, entonces, no se manifestará al mundo (Jn 14,22­). Y esto será porque al Pará­clito, que deberá reali­zar su presencia espiritual entre los hom­bres, «el mundo no puede reci­birlo, porque no lo ve ni lo cono­ce». La expresión «no puede» indica una incapacidad radical. La condición para recibir el Espíritu Santo es justamente la fe en Jesucristo. El Padre quiere dar el Pará­clito a petición de Jesús, pero el mundo es incapaz de recibir este don del Padre, porque no cree en Jesús. Al final de la frase Jesús indica otro motivo para esta incapacidad del mundo de reci­bir el Espí­ritu: «porque no lo ve ni lo conoce».

K ¿Cómo puede alguien «ver» el Espíritu?

El Evangelista San Juan usa aquí el verbo «theo­rein». Pero este verbo no se aplica nunca a una visión puramen­te espiritual. Si Jesús reprocha al mundo no «ver» el Espíri­tu, quiere decir que no logra perci­birlo a través de sus mani­festaciones exte­riores. Se trata aquí de las manifestaciones del Espíritu en la Persona, en el ministerio y en la palabra de Jesús mismo. Puesto que el mundo se ha mostrado incapaz de «ver-perci­bir» el Espíritu Santo actuando en la persona de Jesús, ahora no puede «reconocerlo». Por eso dice Jesús que el mundo es incapaz de recibir el Espíritu; el mundo no está en la disposición requerida para recibir este don del Padre. La situación de los discípulos es diametralmente opuesta. Es a los discípulos a quienes el Padre dará el Pará­clito, y por tanto, a ellos se manifestará Je­sús. Los discípulos, a diferencia del mundo, pueden recibir el Paráclito, porque ellos desde ahora están en la disposi­ción requerida: «vosotros sí lo conocéis, porque mora con vosotros».

Jesús se refiere a la situación de los discípulos antes de su partida. Durante la vida públi­ca de Jesús, el Espíritu estaba actuando en él. Y estando en Jesús, «mora con los discípulos», que fueron llamados para estar siem­pre con Jesús (ver Mc 3,14; Jn 1,39). Recordamos que la señal dada a Juan el Bautista es ésta: «Aquel sobre quien veas que baja el Espíritu y se queda sobre él, ése es quien bautiza con Espíritu Santo» (Jn 1,33). Y los discí­pulos, a diferen­cia del mundo, son capaces de «ver», es decir dis­cernir, el Espíri­tu en acción en la vida, obras y palabras de Jesús. En efecto, ellos ya «cre­ían y sabían que Jesús era el Santo de Dios» (Jn 6,64). Por eso, Jesús dice en la última cena que ellos «conocen el Espíri­tu». Esta expe­rien­cia del Espíri­tu, este conoci­miento aún rudi­menta­rio e implícito que ellos tie­nen, es una condi­ción sufi­ciente para que puedan recibir el don del Espíri­tu.

Este Espíritu, el mundo no lo puede recibir, porque “el mundo” no echa de menos a Jesús. El mundo piensa que puede hacerlo todo sin Jesús. El contraste entre los discípulos y el mundo fue expresado por Jesús en esa misma ocasión cuando advirtió a sus discípulos: «Vosotros lloraréis y os lamentaréis, y el mundo se alegrará». El mundo no necesita un Consolador ni un Defensor, pues se siente satisfecho y autosuficiente. Los discípulos, en cambio, recibirán el Espíritu y entonces se cumplirá lo anunciado por Jesús: «Estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en gozo» (Jn 16,20).

J El Pentecostés samaritano

En la Primera Lectura vemos cómo se verifica la promesa de Jesús: el Espíritu Santo desciende por medio de Pedro y de Juan sobre los samaritanos, convertidos a la fe y bautizados en el nombre de Jesús, gracias a la predicación y curaciones del diácono Felipe (ver Hch 8, 5-17). Este pasaje constituye una suerte de «Pentecostés samaritano» al igual que en la casa del centurión romano Cornelio (ver Hch 10,44) donde baja el Espíritu Santo en suelo «pagano». Ambos casos son el eco del gran Pentecostés «judío» que leemos al principio de los Hechos de los Apóstoles (2,1-4). Es muy significativa la apertura de Samaría a la Buena Nueva, pues era una zona hostil al judaísmo. Diríamos que es casi pagana para los judíos, aunque con buena imagen en los distintos relatos evangélicos. Los samaritanos que estaban excluidos de la comunidad judía como herejes, entran ahora en la comunidad cristiana, el Nuevo pueblo de Dios, para adorar al Padre en espíritu y verdad, como Jesús dijo a la Samaritana (ver Jn 4,23).  

+ Una palabra del Santo Padre:

Un Padre de la Iglesia, Orígenes, en una de sus homilías sobre Jeremías, refiere un dicho atribuido a Jesús, que las Sagradas Escrituras no recogen, pero que quizá sea auténtico; reza así: «Quien está cerca de mí está cerca del fuego» (Homilía sobre Jeremías L. I [III]). En efecto, en Cristo habita la plenitud de Dios, que en la Biblia se compara con el fuego. Hemos observado hace poco que la llama del Espíritu Santo arde pero no se quema. Y, sin embargo, realiza una transformación y, por eso, debe consumir algo en el hombre, las escorias que lo corrompen y obstaculizan sus relaciones con Dios y con el prójimo.

Pero este efecto del fuego divino nos asusta, tenemos miedo de que nos «queme», preferiríamos permanecer tal como somos. Esto depende del hecho de que muchas veces nuestra vida está planteada según la lógica del tener, del poseer, y no del darse. Muchas personas creen en Dios y admiran la figura de Jesucristo, pero cuando se les pide que pierdan algo de sí mismas, se echan atrás, tienen miedo de las exigencias de la fe. Existe el temor de tener que renunciar a algo bello, a lo que uno está apegado; el temor de que seguir a Cristo nos prive de la libertad, de ciertas experiencias, de una parte de nosotros mismos. Por un lado, queremos estar con Jesús, seguirlo de cerca; y, por otro, tenemos miedo de las consecuencias que eso conlleva.

Queridos hermanos y hermanas, siempre necesitamos que el Señor Jesús nos diga lo que repetía a menudo a sus amigos: «No tengáis miedo». Como Simón Pedro y los demás, debemos dejar que su presencia y su gracia transformen nuestro corazón, siempre sujeto a las debilidades humanas. Debemos saber reconocer que perder algo, más aún, perderse a sí mismos por el Dios verdadero, el Dios del amor y de la vida, en realidad es ganar, volverse a encontrar más plenamente. Quien se encomienda a Jesús experimenta ya en esta vida la paz y la alegría del corazón, que el mundo no puede dar, ni tampoco puede quitar una vez que Dios nos las ha dado.

Por lo tanto, vale la pena dejarse tocar por el fuego del Espíritu Santo. El dolor que nos produce es necesario para nuestra transformación. Es la realidad de la cruz: no por nada en el lenguaje de Jesús el «fuego» es sobre todo una representación del misterio de la cruz, sin el cual no existe cristianismo. Por eso, iluminados y confortados por estas palabras de vida, elevamos nuestra invocación: ¡Ven, Espíritu Santo! ¡Enciende en nosotros el fuego de tu amor! Sabemos que esta es una oración audaz, con la cual pedimos ser tocados por la llama de Dios; pero sabemos sobre todo que esta llama —y sólo ella— tiene el poder de salvarnos. Para defender nuestra vida, no queremos perder la eterna que Dios nos quiere dar. Necesitamos el fuego del Espíritu Santo, porque sólo el Amor redime. Amén».

Papa Benedicto XVI.Homilía 23 de Mayo 2010 en la Solemnidad de Pentecostés.











'Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana 

1. San Pedro nos dice: «dad culto al Señor, Cristo, en vuestros corazones, siempre dispuestos a dar respuesta a todo el que os pida razón de vuestra esperanza». ¿Soy capaz de dar razón de mi fe y de mi esperanza? ¿Qué medios concretos coloco para poder conocer mejor lo que creo? 

2. ¿Cómo puedo prepararme, en familia, para la gran fiesta del Espíritu Santo que será en dos semanas? Leamos las partes de la Biblia en donde se menciona la presencia del Espíritu Santo.

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 683 – 690. 1817-1821.











[1] En griego «orfanós»: esta palabra significa enlutado, privado de un ser querido, sin padres o sin hijos, huérfano. En la versión de los LXX se asocia habitualmente con «viuda» (ver Is 1,17). Algunas veces tiene sentido de abandonado, desamparado. En el NT este término figura solamente en dos casos: St 1,27 y Jn 14,18.  

Texto facilitado por D. Juan Ramón Pulido. Presidente diocesano de A.N.E. Toledo

sábado, 13 de mayo de 2017

Domingo de la Semana 5ª de Pascua. Ciclo A «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida»

                                               

Lectura del libro de  los Hechos de los Apóstoles  (6,1-7): Escogieron a siete hombres llenos de espíritu.
En aquellos días, al crecer el número de los discípulos, los de lengua griega se quejaron contra los de lengua hebrea, diciendo que en el suministro diario no atendían a sus viudas. Los Doce convocaron al grupo de los discípulos y les dijeron: «No nos parece bien descuidar la palabra de Dios para ocuparnos de la administración. Por tanto, hermanos, escoged a siete de vosotros, hombres de buena fama, llenos de espíritu y de sabiduría, y los encargaremos de esta tarea: nosotros nos dedicaremos a la oración y al ministerio de la palabra.» La propuesta les pareció bien a todos y eligieron a Esteban, hombre lleno de fe y de Espíritu Santo, a Felipe, Prócoro, Nicanor, Timón, Parmenas y Nicolás, prosélito de Antioquía. Se los presentaron a los apóstoles y ellos les impusieron las manos orando.
La palabra de Dios iba cundiendo, y en Jerusalén crecía mucho el número de discípulos; incluso muchos sacerdotes aceptaban la fe.

Sal 32,1-2.4-5.18-19: Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti.
Aclamad, justos, al Señor,
que merece la alabanza de los buenos.
Dad gracias al Señor con la cítara,
tocad en su honor el arpa de diez cuerdas.

Que la palabra del Señor es sincera,
y todas sus acciones son leales;
él ama la justicia y el derecho,
y su misericordia llena la tierra.

Los ojos del Señor están puestos en sus fieles,
en los que esperan en su misericordia,
para librar sus vidas de la muerte
y reanimarlos en tiempo de hambre.

Lectura de la Primera carta de San Pedro (2, 4-9): Vosotros sois una raza elegida, un sacerdocio real.
Queridos hermanos: Acercándoos al Señor, la piedra viva desechada por los hombres, pero escogida y preciosa ante Dios, también vosotros, como piedras vivas, entráis en la construcción del templo del Espíritu, formando un sacerdocio sagrado, para ofrecer sacrificios espirituales que Dios acepta por Jesucristo. Dice la Escritura: «Yo coloco en Sión una piedra angular, escogida y preciosa; el que crea en ella no quedará defraudado.» Para vosotros, los creyentes, es de gran precio, pero para los incrédulos es la «piedra que desecharon los constructores: ésta se ha convertido en piedra angular», en piedra de tropezar y en roca de estrellarse. Y ellos tropiezan al no creer en la palabra: ése es su destino. Vosotros sois una raza elegida, un sacerdocio real, una nación consagrada, un pueblo adquirido por Dios para proclamar las hazañas del que os llamó a salir de la tiniebla y a entrar en su luz maravillosa.

Lectura del Santo Evangelio según San Juan (14, 1-12): Yo soy el camino y la verdad y la vida.
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Que no tiemble vuestro corazón; creed en Dios y creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas estancias; si no fuera así, ¿os habría dicho que voy a prepararos sitio? Cuando vaya y os prepare sitio, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo, estéis también vosotros. Y adonde yo voy, ya sabéis el camino.»
Tomás le dice: «Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?» Jesús le responde: «Yo soy el camino, y la verdad, y la vida. Nadie va al Padre, sino por mí. Si me conocéis a mí, conoceréis también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto.»
Felipe le dice: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta.» Jesús le replica: «Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: "muéstranos al Padre"? ¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí Lo que yo os digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mí, él mismo hace sus obras. Creedme: yo estoy en el Padre, y el Padre en mi. Si no, creed a las obras. Os lo aseguro: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aún mayores. Porque yo me voy al Padre.»


& Pautas para la reflexión personal  

z El vínculo entre las lecturas

La comunidad cristiana se sustenta en «la piedra angular»: Jesucristo ha vencido a la muerte y  Él es el camino que nos lleva al Padre. En la Primera Lectura vemos cómo la comunidad se organiza mediante la distribución de las diversas tareas y servicios tales como las obras de caridad, el ministerio de la palabra y del culto.

La primera carta de San Pedro, que nos ha acompañado a lo largo de estos cuatro domingos de Pascua nos ofrece, al igual que los sinópticos, una interpretación cristológica del Salmo 118, 22: «la piedra que los constructores desecharon se ha convertido en piedra angular; ha sido la obra de Yahveh, una maravilla a nuestros ojos». Para los creyentes se trata de una piedra preciosa, para los incrédulos es piedra de tropiezo y de caída. En el Evangelio, Jesucristo se nos muestra como «el Camino, la Verdad y la Vida». Es Él quien nos conduce a la casa del Padre y nos revela nuestra altísima dignidad y vocación: somos llamados a ser hijos en el único Hijo, Jesucristo.

K «No se inquiete vuestro corazón»

El Evangelio de hoy comienza con una frase verdadera­mente consoladora para los momentos en los cuales nuestra fe parece tambalear: «No se turbe vuestro corazón. Creéis en Dios, creed tam­bién en mí». Fue pronunciada durante la última cena con sus discí­pulos en el contexto de la despedida de Jesús antes de su Pa­sión. Para entender el diálogo que se produce entre Jesús y sus discípulos es necesario remontarse a los versículos precedentes y saber de qué se está hablando. Jesús había anunciado su eminente partida, entonces Pedro le pregun­ta: «Se­ñor, ¿a dónde vas?». Esta pregunta admite dos res­puestas, ambas verdaderas. Una respuesta es: «Voy allá de donde vine, es decir, al Padre», y de esta meta está hablando Jesús. Y la otra respuesta es: «Voy a Jerusalén a morir en la cruz», y esto es lo que entiende Pedro. La respuesta que Jesús da a Pedro no aclara su destinación: «Adonde yo voy no puedes seguirme ahora; me seguirás más tarde». Sigue, por lo tanto, en el aire la pregunta hecha por Pedro.

En este contexto Jesús asegura a sus discípulos que Él se les ade­lantará para ir a preparar un lugar para ellos; «lue­go -dice Jesús- volveré y os tomaré conmi­go, para que donde yo esté estéis también vosotros». Entonces ya no habrá sepa­racio­nes. Jesús ha insinuado a sus apósto­les su destinación, diciéndo­les que en la casa de su Padre hay muchas mansiones. Y confía en que sus apóstoles, a esta altura, le han enten­dido y ya saben el camino.

Por eso dice: «Adonde yo voy sabéis el camino». Pero lamentablemente, los apóstoles, como algunos de nosotros, siguen sin entender sus palabras y siguen pensando que él se dirigirá a algún lugar de esta tierra. Habría sido mucho que el mismo Pedro, después de la res­puesta que recibió, insistiera en preguntar. Pero ahora lo hace Tomás: «Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?». La respuesta que Jesús da aclara todo. Es una de las frases más importantes del Evangelio; indica el camino y la meta final: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí".

JJJ «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida»  

Al manifestarse como «el Camino, la Verdad y la Vida» queda más claro que hablaba de su ida al Padre y que para llegar allá no hay más camino que Él mismo. La noción de «camino» es antigua en Israel. Este era el modo de llamar a la norma de conducta codifi­cada en la Ley. La Ley era considerada como el camino que conduce a la vida. Son frecuentes en los Salmos expresio­nes en este sentido: «Hazme vivir conforme a tu palabra... hazme entender el camino de tus ordenanzas... He escogido el camino de la lealtad a ti, a tus juicios me conformo... Corro por el camino de tus mandamientos... Enséñame, Señor, el camino de tus preceptos» (ver Sal 119,25-33). Isaías anuncia un momento en que el pueblo escu­chará al Señor que le indicará: «Este es el camino, caminad por él» (Is 30,21). Debemos considerar que los discípulos de Jesús eran miembros del pueblo de Israel y esperaban justamente que Jesús les indicara ese camino.

Y en este trasfondo adquiere la declaración de Jesús todo su sentido y profundidad: «Yo soy el cami­no». Tal vez el mejor comentario a esta afirma­ción lo encontramos expresa­do por San Pablo: «El hombre no se justifica por su cum­plimiento de las obras codificadas en la ley, sino sólo por la fe en Jesucristo» (ver Ga 2,16). Por eso, Jesús comienza el diálogo exhortando: «Creéis en Dios, creed también en mí».

«Yo soy la verdad» declara Jesús sobre sí mismo. Hoy día muchas voces nos quieren convencer de que la verdad no existe y que todo es relativo: lo que hoy es verdad, mañana, en otras circunstancias, puede no serlo. Y esta mentalidad ha contaminado incluso a muchos cristianos, de manera que temen afirmar algo con certeza y claridad. La «verdad absoluta» existe y no hay que tener temor de decirlo. La verdad absoluta, la que no cambia y no defrau­da, es Jesucristo. Un cristiano se define como tal cuando es capaz de hacer esa afirmación con certeza. Cuando Jesús dijo ante Pilato: «Yo he venido al mundo para dar testimo­nio de la verdad, todo el que es de la verdad escucha mi voz» (Jn 18,37), tuvo que escuchar la pregunta incrédula de Pilato: «¿Qué es la verdad?» Los cristianos sabemos cuál es la respuesta a la pregunta de Pilato: «Cristo es la Verdad». La verdad es aquello que puede ofrecer una base firme y segura para la vida, de manera que quien se apoya en ella, no queda defraudado. Esto es Cristo. Cristo no cambia, porque «Él es el mismo ayer, hoy y por la eternidad» (ver Hb 13,8).

«Yo soy la Vida», nos dice Jesús. ¿De qué vida habla? Se trata sin duda de la vida definitiva, no de la vida terrena. Jesús no es solo un medio, Él es ya el punto de llegada. Él es la vida eterna que todos anhela­mos y a la cual todos esta­mos desti­nados. Toda la primera carta de San Juan queda incluida entre dos afirmacio­nes de la Vida. Co­mienza dicien­do: «La Vida se manifestó y nosotros la hemos visto y damos testimonio y os anunciamos la Vida eter­na». Y concluye: «Nosotros estamos en... Jesucristo. Este es el Dios verdade­ro y la Vida eterna» (1Jn 1,2... 5,20). Por eso, Jesús es tajante en decir: «Nadie va al Padre sino por mí».

K Entonces... ¡muéstranos al Padre y nos basta!

Tras esta magnífica revelación el apóstol Felipe le hace esta peti­ción: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta». Él está convencido que Jesús lo puede hacer y por eso se anima a hacerle este pedido. Pero, a pesar de esto, recibe un reproche de Jesús: «¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros y no me conoces, Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre». El gran San Agustín comenta: «Feli­pe deseaba conocer al Padre como si el Padre fuera mejor que el Hijo. Y así demostraba no conocer tampoco al Hijo, pues creía que podía haber algo mejor que Él». Su error es pensar que hay algo más que Jesús, como si Jesús mismo no bastara. Por eso Jesús le dice: «Aún no me conoces. Si me conocieras a mí, conocerías también al Padre». Cristo basta, pues en Él está la plenitud de la divinidad.

En dos ocasiones Jesús repite: «¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí?... Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí». Y de esta manera, Jesús revela su propia identidad: Él es el Hijo, posee la misma naturaleza divina que el Padre, es de la misma sustancia que el Padre. El Hijo no es el Padre, ni el Padre es el Hijo: son dos personas distintas; pero Dios es uno solo. Por tanto, dirigiéndome al Hijo, es decir, a Cristo -que es el Hijo Encarna­do y hecho Hombre-, yo encuentro al mismo Dios que dirigiéndome al Padre. Es más, Jesús es el único acceso al Padre, según su declara­ción: «Nadie va al Padre sino por mí».

J El Nuevo Pueblo de Dios

En las lecturas del Libro de los Hechos de los Apóstoles vamos conociendo nuestras raíces en los primeros pasos de la Iglesia. Los creyentes vivían todos unidos y tenían todo en común; todos pensaban y sentían lo mismo y ninguno pasaba necesidad. A pesar de que los cristianos de la comunidad de Jerusalén pertenecían a la raza judía, sin embargo tenían diferentes lenguas y costumbres. Unos son judíos palestinos que hablan hebreo y otros son judíos provenientes de la diáspora que hablan griego (koiné), la lengua común del imperio romano. Estos últimos se quejan que sus viudas no son adecuadamente atendidas. Entonces los Apóstoles seleccionan siete varones para que se hagan cargo de la administración, quedando así ellos liberados para la oración y el servicio de la palabra. Los sietes elegidos tienen nombres griegos. Presentados a los Doce, éstos les imponen las manos orando y surge así un nuevo ministerio eclesial; que más tarde se identificó con el diaconado; si bien no se limitaron a la administración, pues Esteban y Felipe aparecen ocupados también en la evangelización.

Los miembros de este Nuevo Pueblo de Dios no somos un número de estadística, de registro en una encuesta; sino somos «piedras vivas» del edificio de la Iglesia que es el Espíritu Santo y cuya piedra angular, fundacional y de cohesión es Jesucristo Resucitado. Así se desprende de esta catequesis bautismal que contiene la primera carta del apóstol San Pedro.

+  Una palabra del Santo Padre:

«No se turbe vuestro corazón; creéis en Dios; creed también en mí» (Jn 14, 1). En la página evangélica que acabamos de proclamar hemos escuchado estas palabras de Jesús a sus discípulos, que tenían necesidad de aliento. En efecto, la mención de su próxima partida los había desalentado. Temían ser abandonados y quedarse solos, pero el Señor los consuela con una promesa concreta: «Me voy a prepararos sitio» y después «volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo estéis también vosotros» (Jn 14, 2-3). En nombre de los Apóstoles replica a esta afirmación Tomás: «Señor, no sabemos a dónde vas. ¿Cómo podemos saber el camino?» (Jn 14, 5). La observación es oportuna y Jesús capta la petición que lleva implícita. La respuesta que da permanecerá a lo largo de los siglos como luz límpida para las generaciones futuras. «Yo soy el camino, la verdad, y la vida. Nadie va al Padre sino por mí» (Jn 14, 6).

El «sitio» que Jesús va a preparar está en «la casa del Padre»; el discípulo podrá estar allí eternamente con el Maestro y participar de su misma alegría. Sin embargo, para alcanzar esa meta sólo hay un camino: Cristo, al cual el discípulo ha de ir conformándose progresivamente. La santidad consiste precisamente en esto: ya no es el cristiano el que vive, sino que Cristo mismo vive en él (cf. Ga 2, 20). Horizonte atractivo, que va acompañado de una promesa igualmente consoladora: «El que cree en mí, también hará las obras que yo hago, e incluso mayores. Porque yo me voy al Padre» (Jn 14, 12).
            
               Juan Pablo II. Homilía en la misa de Beatificación del Padre Pío de Pietrelcina,
2 de mayo de 1999.

' Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana 
1 ¿Qué tanto me adhiero a las verdades que Jesús me ha revelado y que son enseñadas por el magisterio de la Iglesia? ¿Busco leer e informarme de lo que el Santo Padre nos va enseñando?

2. ¿De qué manera participo en la edificación del Nuevo Pueblo de Dios? ¿Descubro que mi participación como «piedra viva» es importante?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 668 - 677. 857- 865. 1267-1269.  

Texto facilitado por D. Juan Ramón Pulido, presidente diocesano de la A.N.E. de Toledo