domingo, 19 de marzo de 2017

Lecturas de la Misal del Domingo de la Semana 3ª de Cuaresma. Ciclo A «Señor, dame de esa agua, para que no tenga más sed»






Lectura del libro del Éxodo (17,3-7): Danos agua de beber.

En aquellos días, el pueblo, torturado por la sed, murmuró contra Moisés: «¿Nos has hecho salir de Egipto para hacernos morir de sed a nosotros, a nuestros hijos y a nuestros ganados?»
Clamó Moisés al Señor y dijo: «¿Qué puedo hacer con este pueblo? Poco falta para que me apedreen.»
Respondió el Señor a Moisés: «Preséntate al pueblo llevando contigo algunos de los ancianos de Israel; lleva también en tu mano el cayado con que golpeaste el río, y vete, que allí estaré yo ante ti, sobre la peña, en Horeb; golpea­rás la peña, y saldrá de ella agua para que beba el pueblo.»
Moisés lo hizo así a la vista de los ancianos de Israel. Y puso por nombre a aquel lugar Masá y Meribá, por la reyerta de los hijos de Israel y porque habían tentado al Señor, diciendo: «¿Está o no está el Señor en medio de nosotros?»

Salmo 94,1-2.6-7.8-9: Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: «No endurezcáis vuestro corazón». R./

Venid, aclamemos al Señor, // demos vítores a la Roca que nos salva; //  entremos a su presencia dándole gracias, // aclamándolo con cantos. R./

Entrad, postrémonos por tierra, // bendiciendo al Señor, creador nuestro. // Porque él es nuestro Dios, // y nosotros su pueblo, // el rebaño que él guía. R./

Ojalá escuchéis hoy su voz: // «No endurezcáis el corazón como en Meribá, // como el día de Masá en el desierto; // cuando vuestros padres me pusieron a prueba // y me tentaron, aunque habían visto mis obras.» R./

Lectura de la carta de San Pablo a los romanos (5,1-2.5-8): El amor de Dios ha sido derramado en nosotros con el Espíritu Santo que se nos ha dado.

Hermanos: Ya que hemos recibido la justificación por la fe, estamos en paz con Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo.
Por él hemos obtenido con la fe el acceso a esta gracia en que esta­mos: y nos gloriamos, apoyados en la esperanza de alcanzar la gloria de Dios.
Y la esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado.
En efecto, cuando nosotros todavía estábamos sin fuerza, en el tiempo señalado, Cristo murió por los impíos; en verdad, apenas habrá quien muera por un justo; por un hombre de bien tal vez se atrevería uno a morir; mas la prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros.

Lectura del Santo Evangelio según San Juan (4, 5-42): Un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna.

En aquel tiempo, llegó Jesús a un pueblo de Samaria llamado Si­car, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José; allí estaba el ma­nantial de Jacob.
Jesús, cansado del camino, estaba allí sentado junto al manantial. Era alrededor del mediodía.
Llega una mujer de Samaria a sacar agua, y Jesús le dice: «Dame de beber.»
Sus discípulos se habían ido al pueblo a comprar comida.
La samaritana le dice: «¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana? » Porque los judíos no se tratan con los samaritanos. Jesús le contestó: «Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú, y él te daría agua viva. » La mujer le dice: «Señor, si no tienes cubo, y el pozo es hondo, ¿de dónde sacas el agua viva?; ¿eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados?» Jesús le contestó: «El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna.» La mujer le dice: «Señor, dame esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que ve­nir aquí a sacarla.» Él le dice: «Anda, llama a tu marido y vuelve.» La mujer le contesta: «No tengo marido.» Jesús le dice: «Tienes razón, que no tienes marido: has tenido ya cinco, y el de ahora no es tu marido. En eso has dicho la verdad.» La mujer le dice: «Señor, veo que tú eres un profeta. Nuestros padres dieron cul­to en este monte, y vosotros decís que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén.» Jesús le dice: «Créeme, mujer: se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén daréis culto al Padre. Vosotros dais culto a uno que no conocéis; nosotros adoramos a uno que conocemos, porque la salva­ción viene de los judíos. Pero se acerca la hora, ya está aquí, en que los que quieran dar culto verdadero adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que le den culto así. Dios es espíritu, y los que le dan culto deben hacerlo en espíritu y verdad.» La mujer le dice: «Sé que va a venir el Mesías, el Cristo; cuando venga, él nos lo dirá todo. » Jesús le dice: «Soy yo, el que habla contigo.»
En esto llegaron sus discípulos y se extrañaban de que estuviera ha­blando con una mujer, aunque ninguno le dijo: «¿Qué le preguntas o de qué le hablas? » La mujer entonces dejó su cántaro, se fue al pueblo y dijo a la gente: «Venid a ver un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho; ¿será éste el Mesías?» Salieron del pueblo y se pusieron en camino adonde estaba él.
Mientras tanto sus discípulos le insistían: «Maestro, come.» Él les dijo: «Yo tengo por comida un alimento que vosotros no conocéis.»
Los discípulos comentaban entre ellos: «¿Le habrá traído alguien de comer?» Jesús les dice: «Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y llevar a término su obra. ¿No decís vosotros que faltan todavía cuatro meses para la cose­cha? Yo os digo esto: Levantad los ojos y contemplad los campos, que están ya dorados para la siega; el segador ya está recibiendo sala­rio y almacenando fruto para la vida eterna: y así, se alegran lo mis­mo sembrador y segador. Con todo, tiene razón el proverbio: Uno siembra y otro siega. Yo os envié a segar lo que no habéis sudado. Otros sudaron, y vosotros recogéis el fruto de sus sudores.»
En aquel pueblo muchos samaritanos creyeron en él por el testi­monio que había dado la mujer: «Me ha dicho todo lo que he hecho.» Así, cuando llegaron a verlo los samaritanos, le rogaban que se que­dara con ellos. Y se quedó allí dos días. Todavía creyeron muchos más por su predicación, y decían a la mujer: «Ya no creemos por lo que tú dices; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es de verdad el Salvador del mundo.»


&Pautas para la reflexión personal  

z El vínculo entre las lecturas

A la medida que vamos caminando hacia el corazón de la Cuaresma, aflora con fuerza el tema bautismal que se acentúa particularmente este Domingo. La elección del Evangelio para este Domingo y los dos siguientes[1] responde al esquema de los formularios utilizados desde el siglo IV y que fueron dando cuerpo a la primitiva liturgia cuaresmal. El pasaje evangélico de este Domingo describe la auto revelación de Jesús a través del símbolo del agua. En relación con la Primera Lectura, el humilde «dame de beber» dirigido por Jesús a la mujer samaritana, recuerda la sed del pueblo israelita en el desierto del Sinaí y su queja airada contra Moisés: «danos agua para beber» (Ex 17,2). En la Segunda Lectura, cuyo tema central es la justificación y la salvación del hombre: el don de Dios se nos ofrece gratuitamente en Jesucristo. El agua que se nos da en abundancia, fundamento de nuestra esperanza, es el amor Padre derramado en el Hijo, es decir el Espíritu Santo. 

K «Dame de beber...»

En el transcurso de esta extensa lectura se produce un progreso en cuanto al descubrimiento de la identidad de Jesús. El relato comienza con un encuentro casual. Jesús llega por el camino junto al pozo mientras sus discípulos van a la ciudad a comprar víveres, y comien­za el diálogo con la peti­ción: «Dame de beber». Jesús cansado y sediento tiene necesidad del auxilio de esta afortunada mujer. Es una expre­sión poderosa y clara de su condición humana. Apenas Jesús le habla, ella lo reconoce por su modo de hablar, y le pre­gunta: «¿Cómo tú siendo judío me pides de beber a mí, que soy una mujer samaritana? (Los judíos y los samaritanos no se habla­ban)», nos aclara San Juan. Jesús no resulta mejor identificado por la mujer que por su con­dición de «judío»: «¿Cómo tú siendo judío?»

K Pero... ¿quiénes son los samaritanos?

Por el Segundo libro de los Reyes (17,24-41) conocemos el origen de los Samaritanos y de su culto a Yahveh. Los samaritanos descendían de las tribus orientales con que Sargón II, rey de Asiria (720 - 705 a.C.) repobló Samaría, que era el reino del norte o Israel, cuando deportó a sus habitantes a Babilonia, Siria y Asiria a finales del siglo VIII a.C. Estos se habían mezclado con algunos de los israelitas que quedaron allí. Su religión, que al principio fuera idolátrica, con una leve tintura de yahveísmo, se fue purificando sucesivamente, y al declinar del siglo IV (a.C.), los samaritanos tenían su templo propio construido sobre el monte Garizim.

Para ellos, natural­mente, el Garizim era el único lugar donde se rendía culto auténtico al Dios Yahveh, por contraposición al templo judío de Jerusalén, y se conside­raban como los genuinos descendientes de los antiguos patriarcas hebreos y los verdaderos depositarios de su fe religiosa. De aquí las rabiosas y con­tinuas hostilidades entre samaritanos y judíos, tanto más cuanto que Sa­maría era lugar de tránsito forzoso entre la septentrional Galilea y la meridional Judea.

Estas hostilidades, frecuentemente atestiguadas en los docu­mentos antiguos, lamentablemente no han cesado, y aún hoy se perpetúan en un pequeño grupo de samaritanos que habitan en Nablus y en Jaffa y todavía adoran a Dios a los pies del monte Garizim.

J«Veo que eres un profeta...» 

Volvamos al Evangelio donde prosigue el diálogo entre Jesús y la mujer. Cuando Jesús demuestra conocer detalles de la vida privada de la mujer, ella le dice: «Señor, veo que eres un profeta». Ha dado así un paso inmenso en el reconocimiento de Jesús. Los  profetas eran hombres de Dios y el pueblo los veneraba; pero no es suficien­te para expresar quién es Jesús. Era la opi­nión común de mucha gente: «Unos dicen que eres Juan el Bautis­ta, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profe­tas» (Mt 16,14).Reconocido como profeta, la mujer inmediatamente le plantea un problema «teológico»: ¿Cuál es el lugar donde Dios quiere que se le ofrezcan sacrifi­cios? Jesús aclara que en adelante el culto verdadero será espiri­tual y no estará vinculado a un lugar físico único. Es una respuesta que la mujer no puede comprender y para evitar entrar en mayor profundidad, dice: «Sé que va a venir el Mesías, el llamado Cristo. Cuando venga nos lo explicará todo».

Sigue una afirmación impresionante de Jesús, en la cual revela toda su identidad: «YO SOY, el que te habla». Toda la tradición cristiana se ha admi­rado de que haya sido esta mujer la beneficiaria de esta primicia de revela­ción. La senten­cia de Jesús, como ocurre a menudo en el Evangelio de San Juan, tiene un doble sentido ambos igual­mente válidos. Un primer sentido es el inmediato: «Yo, el que te está hablando, soy el Mesías». Pero otro, tam­bién insinuado por Juan, es la clara alusión al nombre divino revelado a Moisés. Dios, enviando a Moisés, le había dicho: «Así dirás a los israeli­tas: 'YO SOY' me ha enviado a voso­tros... Este es mi nombre para siempre» (Ex 3,14.15). No está de más notar que todo el relato evoca poderosamente los temas presentes en el Éxodo que leemos en la Primera Lectura: el desierto, la sed, el agua viva.

La mujer corre a la ciudad y anuncia: «Venid a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho. ¿No será el Cristo?». En la consideración de la samaritana, Jesús ha pasado de ser un simple judío, a un «profeta» y a la sospe­cha de que pueda ser el Cristo. Pero no basta. Para que sea un encuentro con Jesús, que capte su identidad verdadera, es necesaria la fe. Es nece­sa­rio creer que El es el Hijo de Dios, que El es YO SOY. En el mismo Evangelio de Juan, más adelan­te, Jesús dice a los judíos: «Si no creéis que YO SOY moriréis en vuestro peca­do» (Jn 8,24). En la conclusión del relato se llega a este punto: «Fueron muchos los que creye­ron por sus palabras». Y decían: «Noso­tros mismos hemos oído y sabemos que éste es verdaderamente el Salvador del mundo». Esta es la expe­riencia que debemos hacer todos en nuestro encuentro con Jesús y afirmar como San Juan: «Nosotros hemos visto y damos testimonio de que el Padre envió a su Hijo como Salvador del mundo» (1Jn 4,14).

K«El agua que brota para la vida eterna»

«Todo el que beba de esta agua (la del pozo), volverá a tener sed; pero el que beba del agua que yo le dé, no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le dé se convertirá en él en fuente de agua que brota para la vida eterna». Es una frase enigmática que tiene un sentido oculto es capaz de suscitar en la mujer este anhelo: «Se­ñor, dame de esa agua». ¡No sabe lo que pide! Solamente «si conociera el don de Dios» entonces sabría lo que pide. Nosotros nos podemos preguntar: esa «agua que brota para vida eterna» ¿de dónde mana?; si la da Jesús, ¿en qué momento de su vida lo hace? Entonces nos llamará la atención que en cierta ocasión, el día más solemne de la fiesta de las tiendas, cuando se realizaba la ceremonia conmemorati­va del agua que Dios dio a su pueblo en el desier­to, Jesús puesto en pie exclama: «Si alguno tiene sed, venga a mí y beba el que crea en mí». El Evan­gelista comenta: «Como dice la Escritura: De su seno correrán ríos de agua viva». De nuevo el «agua viva», y brota a ríos del seno de Jesús. El evangelista continúa: «Esto lo decía refirién­dose al Espíritu que iban a recibir los que creyeran en Él. Porque aún no había Espíritu, pues todavía Jesús no había sido glorificado» (Jn 7,37-39). Ahora ya sabemos que el agua viva a la que se refiere Jesús es el Espíritu que ha sido «derramado en nuestros corazones».

+Una palabra del Santo Padre:

«Díjole la mujer: Señor, dame de esa agua para que no sienta más sed» (Jn 4, 15). La petición de la samaritana a Jesús manifiesta, en su significado más profundo, la necesi­dad insaciable y el deseo inagotable del hombre. Efectivamente, cada uno de los hombres digno de este nombre se da cuenta inevitablemente de una incapacidad congénita para responder al deseo de verdad, de bien y de belleza que brota de lo profundo de su ser. A medida que avanza en la vida, se descubre, exactamente igual que la samaritana, incapaz de satisfa­cer la sed de plenitud que lleva den­tro de sí...El hombre tiene necesidad de Otro, vive, lo se­pa o no, en espera de Otro, que redima su innata incapacidad de sa­ciar las esperas y esperanzas».

Juan Pablo II. Catequesis del 12 de Octubre de1983.




'Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana. 

1. El agua que Jesús nos da es la única que sacia el anhelo de todo hombre: «Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo, ¿cuándo podré ir a ver el rostro de Dios?» (Sal 42,3). ¿Reconozco la sed de Dios que tengo? ¿Qué hago para saciarla? Siguiendo el ejemplo de María, hay que saber escuchar con reverencia nuestras ansias más profundas, y escuchar a Dios.

2. Nuestra sed de Dios no podrá ser saciada nunca por «sucedáneos» que son ofrecidos por un mundo que quiere olvidarse de Dios.  ¿Soy consciente de esta realidad? ¿Cómo busco saciar mis anhelos profundos?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 27- 30;  544; 1093-1094; 2835.



[1] De acuerdo a los antiguos formularios pre-bautismales  leemos en este tercer Domingo el pasaje de la Samaritana (el agua como símbolo de plenitud y vida); en el cuarto, la curación del ciego de nacimiento (la luz es el símbolo de la fe) y en el quinto Domingo la resurrección de Lázaro (la vida nueva de Cristo Resucitado). 

sábado, 4 de marzo de 2017

Lecturas de la Misa del DOMINGO DE LA SEMANA 1ª DE CUARESMA. CICLO A «No tentarás al Señor tu Dios»



Lectura del libro del Génesis (2, 7-9; 3,1-7): Creación y pecado de los primeros padres.

El Señor Dios modeló al hombre de arcilla del suelo, sopló en su nariz un aliento de vida, y el hombre se convirtió en ser vivo.
El Señor Dios plantó un jardín en Edén, hacia oriente, y colocó en él al hombre que había modelado. El Señor Dios hizo brotar del suelo toda clase de árboles hermosos de ver y buenos de comer; además, el árbol de la vida, en mitad del jardín, y el árbol del conocimiento del bien y el mal.
La serpiente era el más astuto de los animales del campo que el Se­ñor Dios había hecho. Y dijo a la mujer: «¿Cómo es que os ha dicho Dios que no comáis de ningún árbol del jardín?» La mujer respondió a la serpiente: «Podemos comer los frutos de los árboles del jardín; solamente del fruto del árbol que está en mitad del jardín nos ha dicho Dios: "No comáis de él ni lo toquéis, bajo pena de muerte."» La serpiente replicó a la mujer: «No moriréis. Bien sabe Dios que cuando comáis de él se os abri­rán los ojos y seréis como Dios en el conocimiento del bien y el mal. »
La mujer vio que el árbol era apetitoso, atrayente y deseable, por­que daba inteligencia; tomó del fruto, comió y ofreció a su marido, el cual comió. Entonces se les abrieron los ojos a los dos y se dieron cuenta de que estaban desnudos; entrelazaron hojas de higuera y se las ciñeron.

Salmo 50,3-4.5-6a.12-13.14.17: Misericordia, Señor, hemos pecado. R/.

Misericordia, Dios mío, por tu bondad, // por tu inmensa compasión borra mi culpa; // lava del todo mi delito, // limpia mi pecado. R/.

Pues yo reconozco mi culpa, // tengo siempre presente mi pecado: // contra ti, contra ti sólo pequé, // cometí la maldad que aborreces. R/.

Oh Dios, crea en mí un corazón puro, // renuévame por dentro con espíritu firme; // no me arrojes lejos de tu rostro, // no me quites tu santo espíritu. R/.

Devuélveme la alegría de tu salvación, // afiánzame con espíritu generoso. // Señor, me abrirás los labios, // y mi boca proclamará tu alabanza. R/.

Lectura de la carta de San Pablo a los Romanos (5,12-19): Si creció el pecado, más abundante fue la gracia.

Hermanos: Lo mismo que por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, y así la muerte pasó a todos los hombres, por­que todos pecaron.
Porque, aunque antes de la Ley había pecado en el mundo, el pe­cado no se imputaba porque no había Ley. A pesar de eso, la muerte reinó desde Adán hasta Moisés, incluso sobre los que no habían pe­cado con una transgresión como la de Adán, que era figura del que había de venir.
Sin embargo, no hay proporción entre el delito y el don: si por la transgresión de uno murieron todos, mucho más, la gracia otorgada por Dios, el don de la gracia que correspondía a un solo hombre, Jesucristo, sobró para la multitud.
Y tampoco hay proporción entre la gracia que Dios concede y las consecuencias del pecado de uno: el proceso, a partir de un solo delito, acabó en sentencia condenatoria, mientras la gracia, a partir de una multitud de delitos, acaba en sentencia absolutoria.
Por el delito de un solo hombre comenzó el reinado de la muerte, por culpa de uno solo. Cuanto más ahora, por un solo hombre, Jesucristo, vivirán y reinarán todos los que han recibido un derroche de gracia y el don de la justificación.
En resumen: si el delito de uno trajo la condena a todos, también la justicia de uno traerá la justificación y la vida. Si por la desobediencia de uno todos se convirtieron en pecadores, así por la obediencia de uno todos se convertirán en justos.

Lectura del Santo Evangelio según San Mateo (4,1-11): Jesús ayuna durante cuarenta días y es tentado.

En aquel tiempo, Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo. Y después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches, al fin sintió hambre.
El tentador se le acercó y le dijo: «Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes.» Pero él le contestó, diciendo: «Está escrito: "No sólo de pan vive el hombre, sino de toda pa­labra que sale de la boca de Dios."» Entonces el diablo lo lleva a la ciudad santa, lo pone en el alero del templo y le dice: «Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: «Encar­gará a los ángeles que cuiden de ti, y te sostendrán en sus manos, pa­ra que tu pie no tropiece con las piedras.» Jesús le dijo: «También está escrito: "No tentarás al Señor, tu Dios."» Después el diablo lo lleva a una montaña altísima y, mostrándole los reinos del mundo y su gloria, le dijo: «Todo esto te daré, si te postras y me adoras.» Entonces le dijo Jesús: «Vete, Satanás, porque está escrito: "Al Señor, tu Dios, adora­rás y a él solo darás culto."» Entonces lo dejó el diablo, y se acercaron los ángeles y le servían.


&Pautas para la reflexión personal  

z El vínculo entre las lecturas

Una de las constantes en las lecturas de este primer Domingo de Cuaresma es la relación con el tentador y el mal. En este sentido el Evangelio nos ofrece un tema central para la vida cristiana: Jesucristo nos muestra cómo se puede vencer a la tentación. Por otro lado, vemos en la lectura del Génesis, cómo Adán y Eva ceden al tentador. Sin embargo, así como por un sólo hombre ha entrado el pecado en la creación; por un solo hombre, Jesucristo el Verbo Encarnado, ha venido la gracia y la Salvación.

La Iglesia celebra hoy el primer Domingo de Cuaresma, que como su nombre lo indica, es un período de cua­renta días que terminará con el Domingo de Resurrec­ción donde cele­bramos la Pascua del Señor. Comienza, por tanto, cua­renta días antes de esa fecha - un día miércoles - con el signo austero y expre­sivo de las cenizas, que pues­tas sobre nues­tra frente, nos recuer­dan una verdad rotun­da: «Polvo eres y en polvo te con­verti­rás».

L La primera caída y el Nuevo Adán

«Por un hombre entró el pecado en el mundo y por el pecado la muerte y así la muerte alcanzó a todos los hombres, ya que todos pecaron» (Rm 5,12). Esta frase de la carta de San Pablo a los Romanos se refiere al pecado de Adán, padre de toda la humanidad. Por ese pecado de Adán entró la muerte en el mundo, pues a él Dios le había dicho: «Del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás, porque el día que comieres de él, morirás sin remedio» (Gn 2,17).Podemos entender que Adán muriera, porque él pecó habiendo sido advertido. Pero… ¿por qué «alcanzó la muerte a todos los hombres»?

El Catecismo de la Iglesia Católica nos responde esta difícil pregunta: «Todo el género humano es en Adán «sicut unum corpus unius hominis» («Como el cuerpo único de un único hombre»). Por esta «unidad del género humano», todos los hombres están implicados en el pecado de Adán, como todos están implicados en la justicia de Cristo. Sin embargo, la transmisión del pecado original es un misterio que no podemos comprender plenamente.

Pero sabemos por la Revelación que Adán había recibido la santidad y la justicia originales no para él solo sino para toda la naturaleza humana: cediendo al tentador, Adán y Eva cometen un pecado personal, pero este pecado afecta a la naturaleza humana, que transmitirán en un estado caído. Es un pecado que será transmitido por propagación a toda la humanidad, es decir, por la transmisión de una naturaleza humana privada de la santidad y de la justicia originales. Por eso, el pecado original es llamado «pecado» de manera análoga: es un pecado «contraído», «no cometido», un estado y no un acto» (Catecismo de la Iglesia Católica, 404).

El Evangelio nos muestra justamente lo opuesto al pecado de Adán. El mismo que hizo caer a Adán e introdujo la muerte en el mundo va a intentar ahora hacer caer a Jesús. Pero el desenlace es completamente distinto. Dios había sentenciado a la serpiente antigua, refiriéndose a uno que sería «descendencia de la mujer»: «Él te pisoteará la cabeza, mientras acechas tú su talón» (Gn 3,15). Si Adán es considerado la cabeza de la humanidad, Cristo, el nuevo Adán; lo es con mucho más razón. Si por el pecado de Adán entró la muerte, por la fidelidad de Cristo nos viene la vida.

Esto es lo que Él mismo declara: «He venido para que tengan vida y la tengan en abundancia» (Jn 10,10). San Juan nos dice: «en él estaba la vida» (Jn 1,4). Este don es el que quería destruir el diablo y es el que destruye cada vez que nos tienta. Pero fue vencido por Cristo ya que «si por el delito de un solo hombre comenzó el reinado de la muerte,...cuánto más ahora, por un solo hombre, Jesucristo, vivirán todos» (Rm 5,17).

K «Entonces Jesús fue llevado por el Espíritu...»

El Evangelio de hoy comienza con el adverbio de tiem­po «entonces». Pero este adverbio no tiene sentido sino en relación a lo que precede. Y lo que precede inmediatamente es la voz del Padre que, en el bautismo de Jesús en el Jordán, declara: «Este es mi Hijo amado en quien me com­plazco» (Mt 3,17). ¿Qué relación hay entre esta declara­ción del Padre y las tentaciones en el desierto? Por otro lado, el Espíritu que se vio bajar sobre Jesús en forma de paloma, es el que ahora lo lleva al desierto; y lo lleva con una finalidad: «ser tentado por el diablo». ¿Cómo es posible que el Espíritu lo ponga en la situación de ser tentado?

Para responder a estas preguntas, debemos recordar que en la Biblia hay otro período caracterizado por el número cuarenta, esta vez «cuarenta años». Se trata del tiempo que Israel peregrinó por el desierto de Sinaí des­pués de su salida de Egipto antes de entrar en la tierra prometida. Ese tiempo también fue un pe-ríodo de prueba. Pero ¿qué relación tiene Israel con el «Hijo de Dios»? También a Israel, Dios lo llama «su hijo». Cuando manda a Moisés a pedir al Faraón la salida de Israel, le ordena decir estas palabras: «Así dice Yahveh: Israel es mi hijo, mi primogénito... Deja ir a mi hijo para que me dé cul­to» (Ex 4,22-23). Y el mismo Moisés dice al pueblo: «Acuérdate de todo el camino que Yahveh tu Dios te ha hecho andar durante estos cuarenta años en el desierto para humi­llarte, pro­barte y conocer lo que había en tu corazón: si ibas o no a guardar sus mandamientos» (Deut 8,2).

Siglos más tarde, comen­tando esos hechos, el profe­ta Oseas transmitía esta queja de Dios: «Cuando Israel era niño, yo lo amé, y de Egipto llamé a mi hijo. Cuanto más los llama­ba, más se alejaban de mí» (Os 11,1-2).Ese hijo, que Dios reconoce como «su hijo primogénito», fue infiel.

Ahora, en cambio, respecto de Jesús, el Padre de­clara: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco» (Mt 3,17).E inme­diatamente después de estas palabras, sigue el viaje de Jesús al desierto y las tentacio­nes. Allí Jesús, igual que ese otro hijo que fue Israel, pasará un tiempo de prueba en el desierto; pero él se comportará como un Hijo fiel a su Padre, reparando así la infidelidad y el pecado de su pueblo.

L «Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes»

La Encarnación consiste en que el Hijo de Dios, sin dejar de ser verdadero Dios, se hizo «verdadero Hombre» y sufrió todo lo que tiene que sufrir un hombre: «Fue probado en todo igual que noso­tros, excepto el pecado» (Hb 4,15). Jesús fue tentado, para ense­ñar­nos que sufrir la tentación no es moralmente repro­bable sino que responde a la condición de nuestra humanidad.

Después de ayunar cuarenta días, Jesús sintió hambre, como es natural, y tuvo un fuerte deseo de comer. Él, que pudo nutrir a las multitudes, ¿no podía convertir las pie­dras en pan? Sí, podía. Pero eso habría significado hacer un milagro para saciar su hambre. Y esta era la tentación. Esta era la acción que el diablo le sugería: convertir las piedras en panes. ¿Por qué habría sido pecado ceder a ella, qué habría tenido de malo?

Ceder a ella habría sido vaciar de todo su signifi­cado la Encarna­ción; ya no habría sido «igual a nosotros en todo», si para saciar su hambre o para resol­ver cualquier otra necesidad le hubiera bastado hacer un milagro. Habría sido infiel a su misión y a la voluntad de su Padre. Tal vez esto recordaba Jesús cuando advierte a los discípulos: «Mi ali­mento es hacer la volun­tad del que me ha enviado» (Jn 4,34). Esta tenta­ción se parece mucho a la que sufrió en la cruz: «Si eres Hijo de Dios, baja de la cruz». Jesús podía bajar de la cruz. Pero eso habría sido frus­trar toda la Salvación; no habría cum­plido su misión de «Cor­dero de Dios que quita el pecado del mundo».

L«Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito...»

La segunda tentación es semejante a la primera, pero es más sutil. Jesús había rechazado la primera tentación apo­yándo­se en la Palabra de Dios y ya que es así, para satisfacerlo, el tenta­dor toma «una palabra que sale de la boca de Dios» y le sugiere, en esta segunda tentación, reali­zar su condi­ción de Mesías con osten­ta­ción de po­der, con legiones de ángeles a sus órdenes; y la Escri­tura parecía apoyar esta visión. Pero Dios tenía pre­visto algo diferente.

Es lo que Jesús explica a Pedro cuando éste quiere evitar que sea apren­dido: «¿Piensas que no puedo rogar a mi Padre, que pondría al punto a mi disposición más de doce legiones de ángeles? Mas ¿cómo se cumplirían las Escrituras de que (el Mesías tiene que padecer)?» (Mt 26,53-54). Jesús rechazó la ten­tación y fue fiel a su misión, tal como se la había enco­mendado su Padre, hasta las últimas conse­cuencias. El «no tenía apariencia ni presencia... desprecia­ble y deshecho de hombres, varón de dolores y sabedor de dolencias» (Is 53,2-3).

L«Todo esto te daré si postrándote me adoras»

La tercera tentación es la más burda. El diablo está vencido, pero intenta seducir a Jesús con la riqueza. De Jesús, el Verbo eterno de Dios, está escrito: «Todo fue hecho por El y para El» (Col 1,16). Pero El se Encarnó y como hombre nació en un pesebre y no tenía donde reclinar su cabeza. Si hubie­ra cedido al deseo de tener riquezas -en esto consistió la tenta­ción- no habría asumido hasta el último de los hombres, como era la misión que le encomendaba su Padre. Renunciar a cumplir nuestra vocación a la santidad, renunciar al bien y a la verdad por el afán de las rique­zas, eso es abandonar a Dios y adorar al diablo. Jesús rechaza la tentación citando el prime­ro de los manda­mien­tos: «Sólo al Señor tu Dios adora­rás».

+Una palabra del Santo Padre:

«El rico sólo reconoce a Lázaro en medio de los tormentos de la otra vida, y quiere que sea el pobre quien le alivie su sufrimiento con un poco de agua. Los gestos que se piden a Lázaro son semejantes a los que el rico hubiera tenido que hacer y nunca realizó. Abraham, sin embargo, le explica: «Hijo, recuerda que recibiste tus bienes en vida, y Lázaro, a su vez, males: por eso encuentra aquí consuelo, mientras que tú padeces» (v. 25). En el más allá se restablece una cierta equidad y los males de la vida se equilibran con los bienes.

La parábola se prolonga, y de esta manera su mensaje se dirige a todos los cristianos. En efecto, el rico, cuyos hermanos todavía viven, pide a Abraham que les envíe a Lázaro para advertirles; pero Abraham le responde: «Tienen a Moisés y a los profetas; que los escuchen» (v. 29). Y, frente a la objeción del rico, añade: «Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso ni aunque resucite un muerto» (v. 31).

De esta manera se descubre el verdadero problema del rico: la raíz de sus males está en no prestar oído a la Palabra de Dios; esto es lo que le llevó a no amar ya a Dios y por tanto a despreciar al prójimo. La Palabra de Dios es una fuerza viva, capaz de suscitar la conversión del corazón de los hombres y orientar nuevamente a Dios. Cerrar el corazón al don de Dios que habla tiene como efecto cerrar el corazón al don del hermano.

Queridos hermanos y hermanas, la Cuaresma es el tiempo propicio para renovarse en el encuentro con Cristo vivo en su Palabra, en los sacramentos y en el prójimo. El Señor ―que en los cuarenta días que pasó en el desierto venció los engaños del tentador― nos muestra el camino a seguir. Que el Espíritu Santo nos guíe a realizar un verdadero camino de conversión, para redescubrir el don de la Palabra de Dios, ser purificados del pecado que nos ciega y servir a Cristo presente en los hermanos necesitados. Animo a todos los fieles a que manifiesten también esta renovación espiritual participando en las campañas de Cuaresma que muchas organizaciones de la Iglesia promueven en distintas partes del mundo para que aumente la cultura del encuentro en la única familia humana. Oremos unos por otros para que, participando de la victoria de Cristo, sepamos abrir nuestras puertas a los débiles y a los pobres. Entonces viviremos y daremos un testimonio pleno de la alegría de la Pascua».

Papa Francisco. Mensaje para la Cuaresma 2017.







'Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana. 

1. ¿Qué voy hacer para poder vivir lo que la Iglesia me recomienda de manera especial para este tiempo de Cuaresma: la limosna, el ayuno y la oración?

2. Vale la pena memorizar cada una de las respuestas de Jesús y utilizarlas como armas poderosas contra las tentaciones de nuestro tiempo. ¿Qué tan consciente soy de cómo el demonio me tienta?

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 397- 409; 538 - 540

( texto facilitado por J.R. Pulido, presidente Diocesano de ANE en Toledo )
fotografía: Altar Mayor de la Basílica de Nuestro Padre Jesús del Gran Poder. Sevilla. (C. Medina )


ORAR EN CUARESMA


De noche iremos, de noche,
que para encontrar la fuente
sólo la sed nos alumbra.

Este poema es de san Juan de la Cruz. La vida es como una noche que hay que atravesar. La sed de Dios es nuestra luz hasta que lleguemos a la fuente del agua de la plenitud.

ORACIÓN-RELAJACIÓN

*    Para orar en Cuaresma has de tener el deseo de conversión. En Cuaresma la oración y la conversión van de la mano. Deja que tu oración brote del silencio.
*    Toma una postura orante, cierra los ojos y disponte a entrar en tu silencio interior.
*    Que en ese momento tu corazón se haga orante, lugar de interioridad para que el Espíritu encienda el deseo de conversión, sobre todo la conversión al amor.
*    Tu cuerpo relajado, en calma, sin tensiones. Todo tu cuerpo silencioso, sin tensiones. Concéntrate donde haya alguna tensión y deja que esa tensión se diluya al enviar el amor que brota en la fuente de tu corazón.
*    Ahora silencia tus sentimientos negativos. Que sólo nazcan en ti sentimientos de paz, de alegría, de perdón, todo revestido de amor.
*    Y en tu mente ningún pensamiento, sólo a Cristo y él, crucificado, crucificado de amor y amor por ti. Jesús se dejó crucificar por ti. Ese amor de Jesús en la cruz te ha de llenar de paz.
*    Encuentra la paz en la cruz, en tu cruz. Y en la cruz la paz del amor. Amor a Dios y amor a todos.
*    Tras el amor de la cruz está la luz de la aurora que todo lo resucita, las flores recuperan su color, los pájaros alaban con su canto al Dios de la vida.
*    Quédate en silencio amando y escuchando en silencio; no dejes de amar.
*    Deja que esta oración sea oración y no otra cosa. Sea tu oración incienso agradable a Dios.
Oh pobreza, fuente de riqueza. Jesús siémbranos almas de pobres.
(Rafael Prieto Ramiro)

CUENTO PARA ORAR: SER LUZ TRANSFIGURADA
Hay un relato de los primeros Padres de la Iglesia que suscita algunas preguntas. En cierta ocasión, un estudiante preguntó a su maestro: “¿Cuál es la diferencia entre una persona que tiene sabiduría y conocimiento y otra que está iluminada?”
El maestro respondió inmediatamente: “Es muy fácil. La que tiene sabiduría y conocimiento es la que lleva una antorcha en la oscuridad e ilumina el camino. La que está iluminada es la que se ha convertido ella misma en antorcha.”
http://bzypvq.bay.livefilestore.com/y1pLeMZWaZUu1MiwdWKRiWVD5fRvrghECeOhsBUzZ5v1ehrclFlXZFnMkk4GfVuseVkHYKHiDjILTOnt9j5TYJ1Xw/BarraFloresCTV_68a.gifEntonces, miró al estudiante atentamente y le preguntó: “¿En qué clase de persona quieres convertirte?” (M. Mckenna, La cuaresma día a día)




(Artículo extraído del Boletin nº 219 diocesano de A.N.E. Toledo, Marzo - Abril 2017 )
fotografia: C. Medina

martes, 28 de febrero de 2017

OTRO ADORADOR NOCTURNO VENERABLE


Ayer

 27 de febrero de 2017 el Papa firmó el decreto de virtudes heroicas del médico alicantino Pedro Herrero Rubio (1904-1978). Fue presidente de la Adoración Nocturna de Alicante y adorador Veterano Constante.


De su biografía me impresionó que: " Pedro se encontraba feliz entre los humildes, facilitándoles las medicinas e incluso dejando dinero debajo de la almohada de sus pacientes "

En muchas ocasiones acudí a él para que cuidara desde el cielo a los más pequeños de mi familia, los nietecitos,  y  ahora que "eche una mano" en un natalicio próximo  que aguardamos con mucha ilusión.

Don Pedro, se que continuarás con muchas ocupaciones desde tu cercanía del Señor ocupándote de los pequeños más necesitados, pero nunca abandones con tu ayuda a la prole de mis nietos.

Como Adorador Veterano Constante, igual que tú, celebro el reconocimiento de nuestro Papa Francisco a la vez que te pido me orientes y ayudes en este caminar de Adorador en la tierra. 

Adorado sea Jesús Sacramentado

MAÑANA comienza la CUARESMA.


Anteriormente  se insertó en éste Blog un texto en relación con el Ayuno y la Abstinencia que tuvo muchas consultas.

Ahora, en las puertas de la Cuaresma me permito publicar el presente resumen:


Abstinencia

La ley de abstinencia exige a un católico de 14 años de edad y hasta su muerte, a abstenerse de comer carne los viernes, en honor a la Pasión de Jesús del Viernes Santo. Como carne se considera a la carne y órganos de mamíferos y aves de corral. También se encuentran prohibidas las sopas, caldos, cremas y salsas que se hacen a partir de ellos. Los peces de mar y de agua dulce, anfibios, reptiles y mariscos están permitidos, así como los productos derivados de animales como margarina y gelatina sin sabor a carne.

Ayuno

La ley del ayuno requiere que el católico, desde los 18 hasta los 59 años de edad, reduzca la cantidad de comida usual. La Iglesia define esta práctica como una comida principal más dos comidas pequeñas que sumadas no sobrepasen la primera en cantidad. Este ayuno es obligatorio el Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo. El ayuno se rompe si se come entre comidas o se toma algún líquido considerado como “comida” (por ejemplo batidos; pero está permitida la leche). Las bebidas alcohólicas no rompen el ayuno; sin embargo, se las considera contrarias al espíritu de hacer penitencia.


Quiénes están excluidos del ayuno y la abstinencia

Además de los que están excluidos por su edad, también se incluyen a los que tienen problemas mentales, los enfermos, quienes se encuentran en estado de debilidad, mujeres embarazadas o en la etapa de lactancia de acuerdo a la alimentación que necesitan para alimentar a sus hijos, obreros de acuerdo a su exigencia física, invitados a comer que no pueden excusarse sin ofender gravemente o sin causar enemistad, u otras situaciones morales o físicas que imposibiliten mantener el ayuno.


Dispensa y conmutación

El canon 1245 establece unas facultades de dispensa amplias. Por lo tanto, pueden dispensar tanto el Obispo diocesano para sus súbditos como también el párroco. En este caso, sin embargo, se debe matizar que sólo puede dispensar en casos particulares: no puede, por lo tanto, conceder una dispensa general. También puede dispensar el Superior de un instituto religioso o de una sociedad de vida apostólica clerical de derecho pontificio para las personas indicadas en el canon. En todos los casos, se debe tener en cuenta el canon 90: debe haber justa causa para conceder la dispensa.





sábado, 25 de febrero de 2017

Lecturas de la Misa del Domingo de la Semana 8ª del Tiempo Ordinario. Ciclo A «Buscad primero su Reino y su justicia»



Lectura del libro del profeta Isaías (49, 14-15): Yo no te olvidaré.

Sión decía: «Me ha abandonado el Señor, mi dueño me ha olvidado.» ¿Es que puede una madre olvidarse de su criatura, no conmoverse por el hijo de sus entrañas? Pues, aunque ella se olvide, yo no te olvidaré.

Salmo 61,2-3.6-7.8-9ab: Descansa sólo en Dios, alma mía. R/.

Sólo en Dios descansa mi alma, // porque de él viene mi salvación; // sólo él es mi roca y mi salvación; // mi alcázar: no vacilaré. R/.

Descansa sólo en Dios, alma mía, // porque él es mi esperanza; // sólo él es mi roca y mi salvación, // mi alcázar: no vacilaré. R/.

De Dios viene mi salvación y mi gloria, // él es mi roca firme, // Dios es mi refugio. // Pueblo suyo, confiad en él, // desahogad ante él vuestro corazón. R/.

Lectura de la Primera carta de San Pablo a los Corintios (4, 1-5): El Señor pondrá al descubierto los designios del corazón.

Hermanos: Que la gente sólo vea en nosotros servidores de Cristo y adminis­tradores de los misterios de Dios.
Ahora, en un administrador, lo que se busca es que sea fiel. Para mí, lo de menos es que me pidáis cuen­tas vosotros o un tribunal humano; ni siquiera yo me pido cuentas. La conciencia, es verdad, no me remuerde; pero tampoco por eso que­do absuelto: mi juez es el Señor.
Así, pues, no juzguéis antes de tiempo: dejad que venga el Señor. Él iluminará lo que esconden las tinieblas y pondrá al descubierto los designios del corazón; entonces cada uno recibirá la alabanza de Dios.

Lectura del Santo Evangelio según San Mateo (6, 24- 34): No os agobiéis por el mañana.

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Nadie puede estar al servicio de dos amos. Porque despreciará a uno y querrá al otro; o, al contrario, se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero.
Por eso os digo: No estéis agobiados por la vida, pensando qué vais a comer o beber, ni por el cuerpo, pensando con qué os vais a vestir. ¿No vale más la vida que el alimento, y el cuerpo que el vestido? Mi­rad a los pájaros: ni siembran, ni siegan, ni almacenan y, sin embar­go, vuestro Padre celestial los alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellos?
¿Quién de vosotros, a fuerza de agobiarse, podrá añadir una hora al tiempo de su vida?
¿Por qué os agobiáis por el vestido? Fijaos cómo crecen los lirios del campo: ni trabajan ni hilan. Y os digo que ni Salomón, en todo su fasto, estaba vestido como uno de ellos. Pues, si a la hierba, que hoy está en el campo y mañana se quema en el horno, Dios la viste así, ¿no hará mucho más por vosotros, gente de poca fe? No andéis agobiados, pensando qué vais a comer, o qué vais a beber, o con qué os vais a vestir.
Los gentiles se afanan por esas cosas. Ya sabe vues­tro Padre del cielo que tenéis necesidad de todo eso.
Sobre todo buscad el reino de Dios y su justicia; lo demás se os dará por añadidura. Por tanto, no os agobiéis por el mañana, por­que el mañana traerá su propio agobio. A cada día le bastan sus disgustos.»


& Pautas para la reflexión personal  

z El vínculo entre las lecturas

En su excepcional libro «Jesucristo», el entonces Papa Benedicto XVI, nos da una bella clave para poder aproximarnos a la Palabra de Dios: «Los santos son los verdaderos intérpretes de la Sagrada Escritura». Y justamente comentando el pasaje del Evangelio de San Mateo que corresponde a este Domingo nos hablará de San Francisco de Asís. Dice Benedicto XVI«Francisco de Asís entendió la promesa de esta bienaventuranza en su máxima radicalidad; hasta el punto de despojarse de sus vestiduras y hacerse proporcionar otra por el obispo  como representante de Dios, que viste los lirios del campo con más esplendor que Salomón y todas sus galas (Ver Mt 6, 28s). Esta humildad extrema era para Francisco sobre todo libertad para servir, libertad para la misión, confianza extrema en Dios, que se ocupa no sólo de las flores del campo, sino sobre todo de sus hijos».  

Éste es sin duda el mismo mensaje que el profeta Isaías y San Pablo nos quieren transmitir: confianza en Dios hasta el extremo, donde ni siquiera el fuero más íntimo me reprocha nada, cuando sé que el amor de Dios por mí es más grande que el amor de una madre. 

J «¿Acaso olvida una madre a su niño de pecho?»

El carácter mesiánico de todo el capítulo 49 del libro de Isaías es claro y evidente. No será más Ciro[1], el rey de Persia, el libertador de Israel sino el Mesías – el Siervo de  Dios, el Santo –  el cual vendrá para dar salud a su pueblo. En los primeros versículos de este capítulo se describe la vocación del «Siervo de Dios», luego su misión entre el pueblo judío y los paganos. El Siervo de Dios está llamado a reunir los pueblos de Israel, a «restaurar las tribus de Jacob y convertir a los sobrevivientes de Israel» (Is 49,6). Esto podría explicar por qué ninguno de los israelitas piadosos del tiempo de Jesús entendía el misterio de su rechazo y de su muerte.

San Pablo revelará que el misterio de esta salvación[2] no quedó revocado con la venida de Jesús (Rm 11,1) sino que ha sido postergado para los últimos tiempos (Rm 11, 25 ss). Yahveh recordará que Él es quien formado y hecho con su pueblo; y que finalmente los sacará de las tinieblas y dirá: «venid a la luz» (Is 49, 9). Los israelitas que  vuelven de su cautiverio babilónico serán comparados a un rebaño cuyo pastor es Dios. Nada les faltará en el camino. El significado mesiánico de estas imágenes es evidente.

Finalmente, en una de las bellas manifestaciones del amor de Dios por nosotros dirá: «¿Acaso olvida una mujer a su niño de pecho, sin compadecerse del hijo de sus entrañas? Pues aunque ésas llegasen a olvidar, yo no te olvido».Santa Teresa nos dice que «confiemos en la bondad de Dios que es mayor que todos los males que podamos hacer»ya que «he aquí que te tengo grabado en las palmas de mis manos» (Is 49, 16). Cada uno de nosotros, nos recuerda el profeta, tenemos un valor infinito y único ante Dios.  

JL «Nadie puede servir a dos señores»

Para poder entender mejor el significado de una de las frases más conocidas de Jesús que ciertamente encierra una profunda enseñanza espiritual, debemos de ver detenidamente que entiende Jesús por uno y por lo otro; es decir por los «dos señores» a los que refiere y que ciertamente son antagónicos[3] uno del otro. El primero es claramente Dios y el segundo es «mamón»[4], nombre que es personificación de las riquezas. De esto resulta claramente que quien ama las riquezas, poniendo en ellas su corazón (ver Mt 6,21), llega sencillamente a odiar a Dios. Terrible verdad, que no será menos real por el hecho de que no tengamos conciencia de ello.

Y aunque parezca esto tan monstruoso, es bien fácil de comprender si pensamos que en tal caso la imagen de Dios se nos representará día tras día como la del peor enemigo de esta presunta “felicidad” en que tenemos puesto el corazón; por lo cual no es nada sorprendente que lleguemos a odiarlo en el fondo del corazón, aunque por fuera tratemos de cumplir algunas obras vacías de amor, por miedo a la justicia de Dios.

Pero ¿por qué es tan radical la frase de Jesús ante las riquezas? Porque recordemos que el apego a los bienes materiales refleja una falta de confianza en Dios que ha prometido velar por nosotros, y por otro lado, una excesiva preocupación por nosotros mismos, buscando la seguridad exclusivamente en lo material y en lo pasajero. Este desorden lleva con frecuencia a la falta de generosidad y a la avaricia. Finalmente nos puede llevar a la idolatría y entonces nos volvemos contra Dios.   

En cambio, en el segundo caso nos muestra que nos adherimos a Dios, esto es si ponemos nuestro corazón en Él, mirándolo como el Sumo Bien, como Aquel que realmente va a poder saciar el hambre de infinito que encontramos en nuestro corazón; entonces veremos que el mundo y sus riquezas son basura comparados con lo que Dios nos tiene reservado[5]. Santo Tomás sintetiza esta doctrina diciendo que el primer fruto del Evangelio es el crecimiento en la fe; o sea el conocimiento de los atractivos de Dios; y el segundo, consecuencia del anterior, será el desprecio del mundo, tal como nos lo presenta Jesús.

J¿Cuánto voy a vivir?

La segunda parte del Evangelio es un bello canto de amor y de confianza a Dios. Respondamos con sinceridad: «¿Quién de vosotros puede, por más que se preocupe, añadir un solo codo[6] a la medida de su vida?»¿Quién tiene asegurada su vida? ¿Quién puede añadir un segundo a su vida? ¿Quién puede decir con seguridad cuánto va a vivir? Nadie…nadie. Ni con todo el dinero del mundo podemos comprar una milésima de segundo a nuestra vida. El libro del Eclesiastés repite una y otra vez: «Todos caminan hacia la misma meta: todos han salido del polvo y todos vuelven al polvo» (Ecle 3,20).

¡Qué tercos, que estultos somos los seres humanos para olvidarnos esta realidad tan evidente y estar entretenidos en mil y un ocupaciones “demasiado importantes” para pensar en la muerte!  La meditación de nuestro fin en este mundo que pasa nos debe de hacer reaccionar ante la tibieza, ante la desgana en las cosas de Dios, ante el apego inútil a una vida cómoda, materialista y superflua. Cualquier día puede ser el último día de nuestra vida. Esta consideración puede ayudarnos mucho a considerar serenamente que en cualquier día puede llegar nuestro fin y que, en cualquier caso, ese momento «no puede estar lejos» (San Jerónimo).     

Debemos pues agradecer a nuestro Señor Jesucristo que con su sacrificio reconciliador nos ha librado del poder de la muerte (ver Rm 7, 24) y nos ha dado así una esperanza que nunca falla. Nos dice bellamente San Agustín: «Si tienes miedo a la muerte, ama la vida. Tu vida es Dios, tu vida es Cristo, tu vida es el Espíritu Santo. Le desagradas obrando mal. No habita Él en templo ruinoso, no entra en templo sucio».

+ Una palabra del Santo Padre:

«En el centro de la liturgia de este domingo encontramos una de las verdades más consoladoras: la divina Providencia. El profeta Isaías la presenta con la imagen del amor materno lleno de ternura, y dice así: «¿Puede una madre olvidar al niño que amamanta, no tener compasión del hijo de sus entrañas? Pues, aunque ella se olvidara, yo no te olvidaré» (49, 15). ¡Qué hermoso es esto! Dios no se olvida de nosotros, de cada uno de nosotros. De cada uno de nosotros con nombre y apellido. Nos ama y no se olvida. Qué buen pensamiento... Esta invitación a la confianza en Dios encuentra un paralelo en la página del Evangelio de Mateo: «Mirad los pájaros del cielo —dice Jesús—: no siembran ni siegan, ni almacenan y, sin embargo, vuestro Padre celestial los alimenta... Fijaos cómo crecen los lirios del campo: no trabajan ni hilan. Y os digo que ni Salomón, en todo su fasto, estaba vestido como uno de ellos» (Mt 6, 26.28-29).

Pero pensando en tantas personas que viven en condiciones precarias, o totalmente en la miseria que ofende su dignidad, estas palabras de Jesús podrían parecer abstractas, si no ilusorias. Pero en realidad son más que nunca actuales. Nos recuerdan que no se puede servir a dos señores: Dios y la riqueza. Si cada uno busca acumular para sí, no habrá jamás justicia. Debemos escuchar bien esto. Si cada uno busca acumular para sí, no habrá jamás justicia. Si, en cambio, confiando en la providencia de Dios, buscamos juntos su Reino, entonces a nadie faltará lo necesario para vivir dignamente.

Un corazón ocupado por el afán de poseer es un corazón lleno de este anhelo de poseer, pero vacío de Dios. Por ello Jesús advirtió en más de una ocasión a los ricos, porque es grande su riesgo de poner su propia seguridad en los bienes de este mundo, y la seguridad, la seguridad definitiva, está en Dios. En un corazón poseído por las riquezas, no hay mucho sitio para la fe: todo está ocupado por las riquezas, no hay sitio para la fe. Si, en cambio, se deja a Dios el sitio que le corresponde, es decir, el primero, entonces su amor conduce a compartir también las riquezas, a ponerlas al servicio de proyectos de solidaridad y de desarrollo, como demuestran tantos ejemplos, incluso recientes, en la historia de la Iglesia. Y así la Providencia de Dios pasa a través de nuestro servicio a los demás, nuestro compartir con los demás. Si cada uno de nosotros no acumula riquezas sólo para sí, sino que las pone al servicio de los demás, en este caso la Providencia de Dios se hace visible en este gesto de solidaridad. Si, en cambio, alguien acumula sólo para sí, ¿qué sucederá cuando sea llamado por Dios? No podrá llevar las riquezas consigo, porque —lo sabéis— el sudario no tiene bolsillos. Es mejor compartir, porque al cielo llevamos sólo lo que hemos compartido con los demás».
Papa Francisco. Ángelus 2 de marzo de 2014.





'Vivamos nuestro domingo a lo largo de la semana. 

1. Recordemos lo que nos dice San Pablo: «Dios no perdonó a su Hijo y lo entregó por nosotros. ¿Cómo no habría de darnos con Él todos los bienes?» (Rm 8,32). ¿Cómo vivo mi confianza en  Dios? ¿Vivo preocupado solamente por lo material, las apariencias?

2. Nos dice el profeta Isaías: «¿Acaso olvida una mujer a su niño de pecho, sin compadecerse del hijo de sus entrañas? Pues, aunque ésas llegasen a olvidar, yo no te olvido». Elevemos en silencio una oración de agradecimiento por el inmenso amor que Dios nos tiene a la luz de la lectura de este bello texto.
 
3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 625- 627, 635, 994- 996, 1006- 1014.




[1] Ciro. Rey persa que conquista Babilonia el año 539 A.C. La Biblia lo presenta como el elegido por Yahveh para hacer volver a los judíos de su destierro en Babilonia. Se le asigna también el nombre de ungido o mesías, caso único entre los paganos pues este nombre era reservado exclusivamente para los reyes de Israel y, posteriormente, aplicado a Jesús. Ciro fue un gobernante de corazón noble y justo no solamente con los judíos sino con los demás pueblos sometidos (ver Is 44, 28; 45,1; Esd 1, 1-14; Cr 36, 22-23).   
[2] La salvación en el Antiguo Testamento estaba directamente vinculada a la restauración del Pueblo de Israel siendo el arquetipo de salvación la salida del pueblo de Egipto bajo el mando de Moisés y la llegada a la tierra prometida. 
[3]Antagonismo. (Del gr. νταγωνισμς). Contrariedad, rivalidad, oposición sustancial o habitual, especialmente en doctrinas y opiniones.
[4] Mamón. Palabra griega que significa riqueza (ver Eclo 42, 9: Mt 6.24; Lc 16.11, 13), especialmente la que se usa en oposición a Dios ya desde el Antiguo Testamento. Mamón es una transliteración de la palabra aramea «mamon».
[5] «Y más aún: juzgo que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por quien perdí todas las cosas, y las tengo por basura para ganar a Cristo» (Flp 3,8).
[6]Codo. Medida de longitud muy usada por los hebreos (Ex 25.10; 1 R 7.24; Ez 40.5) y otras naciones antiguas. Es aproximadamente el largo del brazo, desde el codo hasta la punta del dedo corazón. Tanto los egipcios como los babilonios, y después los hebreos, tuvieron un codo real u oficial y otro común. El oficial tenía 20, 8 plg. (53 cm) y el común 17, 7 plg. (45 cm). Antes del cautiverio de los judíos, parece que se usaba el codo común. Después del cautiverio, cuando había necesidad de especificar una medida exacta, aclaraban a cuál codo se referían (Ez 40.5; 43.13).

Documento facilitado por J.R. Pulido, Presidente diocesano de A.N.E. Toledo